Ventajas de viajar en tren (Antonio Orejudo)

Portada - Ventajas de viajar en tren“Imaginemos a una mujer que al volver a casa sorprende a su marido inspeccionando con un palito su propia mierda. Imaginemos que este hombre no regresa jamás de su ensimismamiento, y que ella tiene que internarlo en una clínica para enfermos mentales al norte del país. Nuestro libro comienza a la mañana siguiente, cuando esta mujer regresa en tren a su domicilio tras haber finalizado los trámites de ingreso, y el hombre que está sentado a su lado, un hombre joven, de nariz prominente, ojos saltones y alopecia prematura, que viste un traje azul marino y lleva sobre las rodillas una peculiar carpeta de color rojo, se dirige a ella con esta pregunta tan peregrina: – ¿Le apetece que le cuente mi vida?”.

Así comienza esta novela sorprendente, un fantástico hallazgo, porque el encuentro con este libro fue fortuito, una colisión, algo inesperado e involuntario que bien podría haber formado parte de una de las historias de la novela. Porque me topé con él en una librería de viejo, en el escaparate de esta. Estoy seguro de que es una experiencia que nos ha pasado a todos, eso de que un libro sin razón aparente, sin motivación alguna, nos llame, nos provoque para que nos lo llevemos a casa. Así fue con Ventajas de viajar en tren, afortunadamente.

La novela se estructura en tres grandes bloques:

– Uno: en esta primera parte el narrador (que desde la primera palabra apela al lector, algo que repetirá a lo largo de la novela) cede la palabra, principalmente, al hombre joven que viaja en el tren, que va contando su historia; pero esta historia, al más puro estilo cervantino (la presencia de Cervantes y El Quijote es continua), se va bifurcando en otra historia, y en otra, en un constante y delirante juego de cajas chinas.

– Dos: en la segunda parte, el narrador se centra en la historia de la mujer que vuelve a casa, Helga Pato. Sin embargo, el oficio de Helga (agente literaria) le sirve para “reflexionar” sobre la literatura en nuestra sociedad, palos geniales al universo comercial y editorial.

Por ejemplo: “Abandonó la literatura de calidad y buscó fórmulas que le permitieran ganar dinero”; “Desde entonces tiraba a la basura todas las novelas completas y examinaba sólo aquellas carpetillas que incluyeran fotografía, curriculum vitae, y breve sinopsis a doble espacio”; “Tampoco le interesaban ya las novelas tiovivo […] esas páginas reflexivas, falsamente reflexivas, que no llegaban a ninguna parte”; “Por la foto le pareció que el autor podría cumplir los requisitos exigidos”; “Su fama empezó a decaer hasta ser completamente olvidado cuando, hastiado de comparecencias públicas, cócteles y universidades de verano, se dedicó en serio a escribir”.

Además, se refleja el contenido de una carpeta roja que pertenece al viajante donde se narran historias igualmente sorprendentes.

– Tres: presenciamos el desenlace de la historia, un final ¿abierto?, ¿ambiguo? Enigmático seguro.

Estamos ante un libro lleno de “claves”, pues aunque podríamos deslumbrarnos con la escatología y el humor que recorren cada una de las páginas de la novela, bajo esta apariencia laten mensajes que no sabemos cómo interpretar, un constante juego de máscaras; y esta ambigüedad está potenciada por el propio narrador (por eso lo de las claves), cuando dice:

“Lo único que dejamos las personas cuando nos esfumamos en un puñado de palabras. Pero una cosa son las palabras y otra muy distinta la verdad. Algunas veces coinciden y otras no” (p.36).

“Si la gente se cree a pies juntillas lo que […] cualquier otra persona, cuenta en un viaje en tren […] eso es problema de la gente” (p.137).

¿Sobre qué nos está hablando realmente el narrador? ¿Cuáles son las ventajas de viajar en tren? ¿Es inocente ese “páramo” que aparece en el último párrafo? ¿Qué ha ocurrido realmente?

Y un último detalle: los guiños filológicos, tanto de aspectos referentes a la Historia de la Literatura (la épica medieval, Petrarca, Castillejo, Garcilaso), como a la Lingüística (creo que más de uno hemos fantaseado con la posibilidad de que Saussere, Jakobson, Hjelmslev o Chomsky no fueran más que unos psicópatas), algo que sirve para reconciliarme un poco con la “sufrida” carrera que elegí.

En definitiva, una de las pocas veces que, después de leer un libro, estoy de acuerdo con lo que dice la contraportada: «la creatividad más desbordante acompaña al lector cómplice a lo largo de una novela genial que atrapa desde la primera frase. Una gran sorpresa literaria, cargada de humor irreverente». Además, me quedo con una reflexión fantástica, contundente, que de ser aceptada e interiorizada, nos ayudaría a rebajar egos, vanidades y estupideces múltiples: “no somos nada más que un puñado de mierda. Un puñado de mierda y ochenta por ciento de agua” (p. 145).

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