Velocidad de los jardines (Eloy Tizón)

Portada - Velocidad de los jardinesSoy lo más lejano a un entendido en poesía. Sin embargo, puedo afirmar que el libro de relatos de Eloy Tizón rebosa poesía por todos sus párrafos, de elementos que en principio se circunscriben al género lírico, que está vertebrado por magníficos versos.

Por ejemplo:

– Imágenes impactantes: “una cisterna de sombras adonde irán a parar nuestras desamparadas conciencias” (11); “mira cómo el circo de los hombres levanta la carpa de la mañana con su esfuerzo, sus ingredientes, con todo su oro en promesa y su desgracia” (14); “al bajar la ventanilla la primera comida del día consiste siempre en un desayuno de niebla” (31); “Se agazapaba más, como visto a través de una mirilla cinematográfica o de la pupila aterrada de un ahorcado” (66); “El cielo de Florencia era un vino verde y nómada” (69); “El guardagujas convertido cada mañana en una flecha de hielo (102)”.

-Oraciones que presentan la fuerza individual de un verso: “los deseos son futuros incumplidos” (25); “Durante unas semanas fue el mejor poeta del mundo” (42); “La tira de fotos brillaba entre los dedos de Sonia con fulgor de esparadrapo muerto” (44); “Nada, nada valía tanto ni volvería a valerlo jamás como un labio que repasaba el tejido de otro labio” (46); “El tráfico latía con un resplandor mate” (50): “Voy vestido de blanco, a juego con la muerte” (51); “Bruno había tenido un sueño de juventud que parpadeaba entre dos golpes de cerebro” (61). Y una de mis favoritas: “Hermana mía, tu desnudo esmalta mis insomnios” (52).

– Repeticiones: en el relato “Austin”, ejerce de hilo conductor de la narración, a modo casi de estribillo, el sintagma el profesor Austin. O dentro del mismo grupo oracional: “Es la hora en que los sexos se abren como llagas que se abren como libros de Historia que se abren como plantas que respiran como sexos” (126).

– Sinestesias: “¿He mordido un olor?” (54); “En las tardes nubladas olía a matemáticas” (83).

Pero, por supuesto, este cuidado por los aspectos formales, esta potenciación de los elementos poéticos, no provocan una dejadez de lo más importante que debe presentar una narración: la historia.

Los once relatos que componen Velocidad de los jardines son, ante todo, once historias (más de once, pues dentro de un mismo relato asistimos a varias líneas que se bifurcan) que apelan a distintos puntos de nuestra geografía humana, pero donde cobra especial importancia el mundo resbaladizo de los recuerdos.

Un aspecto que caracteriza estas narraciones es que, una vez más acercándolas al terreno de lo poético, Tizón no se encarga de desmontarnos un acertijo, no cuenta una situación que tiene un inicio, un desarrollo y un desenlace inevitable; no, Tizón crea unas atmósferas inquietantes, promesas de situaciones aún pon completarse, donde todo fluye a la velocidad que él marca y que, evidentemente, concluyen justo en el momento en el que deben concluir, ni un adjetivo más ni una proposición menos. Porque en estos relatos Tizón insinúa, no explicita.

Así, asistimos al mejor presente que se le puede hacer (de momento) a un ser humano, la inmortalidad, aunque esta inmortalidad sea indirecta, pues no es física, pero sí espiritual, artística; “Carta a Nabokov” es un alegato en favor del Arte como Dios dador de existencia, pues como dice el narrador, mientras siga existiendo la literatura, seguirán existiendo las situaciones, los personajes, los diálogos que creó el escritor, que en su conjunto “desmienten que haya muerte”. O la historia de los horrores de la guerra en “Los viajes de Anatalia”, a través de la pérdida obligatoria de sus raíces de una familia que escapa. O “Villa Borghese”, uno de los textos más bellos de todo el conjunto, donde somos testigos de la fijación de un instante de dos personajes, un instante donde confluyen el tiempo y el espacio de los dos hacia un mismo punto de fuga. O “Austin”, donde un profesor también escapa, a su forma, de sus recuerdos, y esta forma es conduciendo a toda velocidad por caminos secundarios, en un descenso voluntario al abismo.

Y por supuesto “Velocidad de los jardines”, delicioso cuento sobre nuestra etapa escolar, esos recuerdos que siempre tienen nombres y apellidos, que suele ser la forma en la que recordamos a nuestros compañeros de esa época, como para el narrador resulta Olivia Reyes.

En definitiva, estamos ante un libro que exige no sólo una segunda lectura, sino que es de esas raras excepciones que mantienen la promesa continua de ofrecer rasgos nuevos, detalles, en toda una serie de relecturas. Nos hace entender que bajo los textos late una explicación.

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