Tusitala (Fernando Quiñones)

Portada Tusitala¿Sabes quién es Fernando Quiñones? Hice la encuesta entre compañeros de clase, casi filólogos, intelectuales y bohemios, conocedores del último poeta brasileño o del excelente narrador serbio indispensable. Pocos, muy pocos, habían oído hablar de mi paisano. ¿Has leído alguna vez algo de Fernando Quiñones?

Una tarde de otoño gaditana, cuando no era más que un bachiller adolescente y pretencioso (que casi siempre suele ser la misma cosa), convencido de que sería periodista y escritor, compré un ejemplar de «La canción del pirata» en la librería de la Plaza San Francisco, una edición en pasta dura color mostaza que tardaría varios años en leer, justo cuatro, cuando ya era un mozo de almacén en Peralta (Navarra) y me pudría al sol de campo, bajo el espeso olor a estiércol y con la sola compañía de moscas como abejorros. Mientras leía, estaba volviendo a Cádiz, en cada página, cada párrafo. Pausé la lectura porque no quería que se acabara, porque era la forma de estar allí sin estarlo. Fue la primera lección del maestro.

Después llegaría «Legionaria», en la edición que sacó el periódico El Sol. Y por supuesto, en el verano del 2004, esta maravillosa joya: «Tusitala». Desde el prólogo (una conmovedora carta del no menos maestro Hipólito G. Navarro, que es el encargado de la edición), el lector entiende que se adentra en un mundo distinto, un mar delimitado por los bordes blancos que mitigan tanto celeste, tanta Caleta con la marea alta y el Castillo de San Sebastián de fondo. No podía ser de otra manera.

«Tusitala» recoge 88 relatos, condensando casi cuarenta años de oficio y prodigio. ¿Qué encontramos en estos relatos?

1. Un andaluz universal: desde lo propio, desde lo particular, ya sea Cádiz o Andalucía, consigue llegar a lo humano universal, a los grandes temas, sin ningún tipo de rubor, sin complejos, como Faulkner, como Chèjov, como Rulfo. Lo hace mediante los temas (el vino, los toros, la emigración), pero también mediante la forma de escribir. Eso sí, sin costumbrismos, porque Quiñones posee una prosa que se oye, que recuerda a barra de bar, palabras de compañero de vaso y tapas en esos bares del sur en los que te puedes enfrascar en una bendita polémica sobre los tres grandes pilares del saber: política, fútbol y toros. Y todo esto se relaciona con el siguiente punto.

2. Fusión: porque fusiona a la perfección la voz popular y la culta, un maestro de la oralidad literaria. Es un orgullo leer expresiones, giros y palabras que tanto oí desde pequeño (desde chico, como se dice en Cádiz). También lo hace mediante las citas, cuando trae a Séneca, a Shakespeare, a Brecht o Poe, para hablar de toros, de vino, de flamenco, para que nadie relativice esos temas.

Pero también fusiona las dos orillas del Atlántico, no sólo por la pasión por el cuento y la literatura latinoamericana, también por sus paisajes, sus gentes, sus historias; tantos viajes de ida y vuelta que quedan magníficamente reflejados en «37´3 con Celosa y Flor», en especial cuando el personaje, que es gaditano dice: “Algo haremos mal también nosotros. Bueno, ellos. Los argentinos”.

3. El intramundo literario: encontramos innovaciones formales, juegos, miradas a través de los resquicios que se cuelan a veces en la realidad cotidiana, autorreferencias, metaliteratura… Aunque por encima de todo esto, lo que transmite la voz de Quiñones es que escribe lo que le pide el cuerpo, lo que le pide el texto, como queda reflejado en uno de los relatos que más me ha llegado: «Días difíciles». Ahí recoge Quiñones su teoría del cuento, toda una lección de lo que supone, de verdad, ser escritor (hasta por las supersticiones), y dice, refiriéndose a un texto corregido: “Había quedado bien, sin rimbombancias, tópicos o demagogias”. Su estilo.

O la burla irónica (ay, la ironía, la elegante ironía que salpica cada una de sus páginas) del mundo filológico en «Nardi, un retrato antiguo».

No es necesario recordar los halagos de Jorge Luis Borges, como dice Hipólito en el prólogo, simplemente hay que acudir a su legado para comprender que Fernando Quiñones es un maestro, un escritor que debe servir de diapasón para conseguir el tono de aquellos que ahora escriben, sobre todo para los que somos andaluces. Porque estos relatos que forman «Tusitala» consiguen, como dice Juan Villoro, “un escalofrío en el espinazo”, lo que para mí, que soy un ignorante en aspectos de teoría y crítica literaria, es más que suficiente.

Ahora sólo me queda esperar pacientemente un cachito de tiempo para la relectura, pues si hay que volver a Borges, también hay que hacerlo una y otra vez a Quiñones, mi paisano, mi maestro.

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