Subida al Mirador de Ezaro

La de hoy será una de esas etapas que recordaré por mucho tiempo. No sólo por la épica que supone escalar el Mirador de Ézaro, sino por el viaje en sí mismo. Una ruta de ensueño plagada de vistas espectaculares, donde no han faltado los típicos paisajes gallegos salpicados de pazos y construcciones solariegas, hórreos, bosques infinitos, ríos, acequias, cruces de caminos rústicos, y hasta carreteras tomadas por rebaños de vacas. Si alguien viene por aquí con la bici a cuestas que no lo dude, una ruta por el interior de las rías altas con final en alguno de los pueblecitos de Costa da Morte será un souvenir difícil de igualar.

Y ahora comencemos. Sobre las 11:30 de la mañana partimos de Santiago de Compostela en coche rumbo al término de Negreira. Evitamos así un primer tramo con mucho tráfico y kilómetros basura. A partir de aquí, según google, nos esperan unos 55 kilómetros aproximadamente. El perfil de la ruta es de los llamados rompepiernas, algo que se hace patente desde las primeras pedaladas. En nuestro rutómetro figuran como puntos de referencia Negreira, Pesadoira, Pino do Val, As Paxareiras Quilmas y Ézaro. ¡Qué fácil parece todo desde la pantalla del portátil!

Vero, a bordo del opel, hará las veces de directora de carrera y coche de avituallamiento, conduciendo siempre por delante bajo las indicaciones del navegador, indicaciones que pronto nos hacen ver la inutilidad del rutómetro y la vital importancia del aparato para finalizar con éxito la aventura. Porque lo que google no te dice es que la ruta discurre por un auténtico laberinto de pueblos, aldeas, condados, veredas, caminos, carreteras comarcales, giros, glorietas y señales que nunca apuntan al sitio que tú llevas anotado en el papel. Sin exagerar un ápice, más de 50 lugares desconocidos que conducen a otros tantos sitios que después de dar mil y una vueltas aterrizan en alguno de los pueblos del rutómetro. Antes de llegar a completar la mitad del camino ya me había perdido 2 veces, lo que supuso un retraso de más de media hora sobre el horario previsto. Una vez pasadas las localidades de Pasadoira y Pino do Val, subimos uno de esos puertos pestosos sin sombras, capaz de acabar con la moral del más pintado: As Paxareiras. La bajada discurre por la ladera de un larguísimo parque eólico. Cientos de molinos escoltando el descenso con todo lo que esto supone: ráfagas de viento constante e inestabilidad en cada curva. Poco a poco comienza a sentirse el olor a mar; unos kilómetros más tarde alcanzamos el último cruce que nos conduce bordeando la costa hasta nuestro querido Ézaro. Pero pronto el paisaje cambia radicalmente: humo, hidroaviones, helicópteros, guardia civiles y bomberos. El fuego ha arrasado gran parte del paisaje; cientos de hectáreas calcinadas entristecen el paisaje, que rápidamente se reduce al blanco y negro. Las cenizas invaden el arcen y los retenes se hacen habituales. De este modo atravesamos Quilmas y Caldebarcos y 1 kilómetro antes de llegar a Ézaro topamos con un control de la Guardia Civil cortando la carretera. El corazón en un puño al hacer la pregunta obligada. ¿Podemos llegar hasta Ézaro? Uno de los agentes  me recomienda volver otro año pero nos deja pasar para que podamos verlo con nuestros propios ojos. Y allá que vamos. El humo rodea las cercanías de Ézaro y algunas lomas ya han ardido por completo pero no se aprecian llamas de momento, tan solo la superficie desprendiendo humo y calor. No hay peligro, al menos de momento. A pie de puerto, en un pequeño ensanche de la ría, los camiones de bomberos recargan los depósitos y salen disparados. El acceso al mirador no está cortado. Respiro aliviado y subo piñones. Ha llegado la hora de la verdad.

Las primeras rampas, de entre un 10 y un 15 por ciento, nos dan la bienvenida. Si aquí te ves con problemas será mejor que des media vuelta. El asfalto de momento se muestra generoso permitiendo que las ruedas hagan su trabajo. Dureza soportable pues en los primeros minutos; nada que no hayamos visto ya en las cercanías de Güejar Sierra. Poco a poco las pendientes y herraduras van ganando en desnivel. Posición de escalador y hacia arriba, el esfuerzo habitual (que es mucho) en pendientes inferiores al 20%. Pero de repente el asfalto se vuelve gris claro dejando paso al famoso piso de cemento. Sí, el mismo que provocó el monumental atasco y el pie a tierra de algunos corredores en la etapa de este año en la Vuelta. Sin dudarlo meto el último piñón y me encomiendo a todos los espíritus y meigas de los bosques. Comienza el corto pero intenso infierno del Ézaro, la cara más inhumana de este bello paraje, un duro castigo que no nos abandonará hasta coronar o caer en el intento. El terrorifico tramo apenas llega a los 200 metros; tampoco le hace falta mucho más con rampas del 28 y 30%. No tardo en comenzar a retorcerme sobre la bicicleta tratando de hacer palanca en cada pedalada, tratando de echar todo el peso del cuerpo hacia delante, pero con semejante desnivel no hay trucos que valgan. En 50 metros el coloso me destroza las piernas; las pulsaciones al borde del colapso; el cuerpo entero es una olla a presión capaz de reventar en cualquier momento. 75 metros. La mente comienza a perder fuelle, mal vamos. ¿Y si te dejas caer al suelo? Llevo pedaleando media mañana para llegar hasta aquí, no puedo perder tan fácil. 100 metros. Ya queda un poco menos. 125 metros. Con la lengua rozas las zapatas del freno delantero y los pulmones luchan por cada bocanada de aire como un pez fuera del agua, qué fácil escalaba el Purito esto. 150 metros. Las piernas dicen que no y la cabeza dice que sí. Los calambres de las piernas son como descargas eléctricas, es como tratar de hundir los peldaños de una escalera en cada paso. 175 metros. Toda la sangre del cuerpo circula de cintura para abajo, el dolor es insoportable. No puedo más, creo que voy a dejar de dar pedales, que sea lo que dios quiera, del suelo no pasaré… pero al fin corono la rampa. Diviso una sombra haciendo aspavientos. Me quito el sudor de los ojos; es Vero que me espera con el coche aparcado en una explanada. ¿Ya? ¿Lo he conseguido? Ingenuo de mí, la carretera continua y el logotipo del cofidis no aparece por ningún sitio. 100 metros  al 10%, un oasis, pero da igual que fueran 500 o 1000 metros de puro llano, con lo que llevas encima no te da tiempo a recuperar ni a 5 kilómetros por hora. Las piernas, infladas como globos, pronto vuelven al trabajo en rampas de entre un 15 y un 20%. Creo que la situación es ahora peor, las pulsaciones no bajan, el aire sigue sin entrar, la deuda de oxígeno es impagable, circulo desde hace rato haciendo eses como un borracho. Sólo veo el gris de la dictadura del asfalto. Creo que hay pintadas, probablemente  nombres de ciclistas. Ya lo leeré cuando vuelva cuesta abajo. Llego a una curva de herradura, otra rampa más, y otra, creo que ya no son tan duras como las anteriores, pero da igual, a estas alturas subir un bordillo es el Mont Ventoux, el cuerpo está roto y las alarmas inundan el salpicadero. Párate ya, bájate ya, esto no es sano…  Por un instante saco la cabeza de entre el manillar y veo otra vez a Vero con la cámara de fotos, justo encima de unas letras rojas sobre fondo blanco. Rebusco en el fondo del cajón en busca de migajas; orgullo, fuerza, honor… lo que sea.  He tenido suerte, 5 ó 6 pedaladas en posición de escalador. Por fin una foto digna. Atravieso la línea de meta y entonces sí, saco el pie derecho de la cala, piso tierra firme y observo a mi alrededor. Comienzo a percibir los detalles. Gente haciendo fotos, esculturas de metal con figuras de ciclistas, referencias a la Vuelta, kilómetros de cielo azul, vistas impresionantes de postal, una señal de tráfico con el número 30 (a buenas horas), y el cartel… el bendito cartel, el cartel con el icono de las máquinas de retratar de principios de siglo, el cartel con ese nombre que me obsesiona desde el año pasado, el cartel que me ha hecho atravesar toda España y cambiar una visita a la catedral por este viaje sin precio: MIRADOR DE ÉZARO.

Muchas gracias por todo Vero! Nunca lo hubiera conseguido sin tí !!!  

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