Rivales (Jesús Artacho)

A Alfredo Urbano le exasperaba que el escritor Carlos Vaughan lo citase entre sus influencias cuando era evidente que en realidad lo que hacía era plagiarlo, plagiarlo descaradamente.

Su mal gusto le permitía, además, incluir en una de sus novelas la siguiente cita de August Strindberg: “Los grandes artistas roban, los artistas menores piden prestado”.

Aceptando tácitamente el juego, Urbano le respondió un año después en su siguiente libro con unas sabias palabras de Hermann Broch: “No es que sean malos escritores, sino delincuentes”.

Pero no se trataba de un simple juego. A Urbano le irritaba hasta la desesperación que los críticos -esa panda de miopes ceñudos- equiparasen las novelas de Vaughan a las suyas cuando saltaba a la vista que el joven escritor siempre iba detrás de él, incluso en el orden alfabético del apellido.

El caso es que, con el fin de evitar odiosas comparaciones, Urbano decidió dar un giro en su obra. Para escribir un nuevo libro viajó de su ciudad de residencia hasta un pueblo escondido entre cerros, convencido de que la vida rural haría mutar su obra en otra dirección, abriendo nuevos caminos que el joven Vaughan no podría en ningún caso seguir.

Alquiló en Olivares del Campo un piso para pasar seis meses de tranquilidad, de un silencio pleno que le permitiría escribir sin sobresaltos. Al menos eso le había prometido el dueño del piso, un cincuentón asmático.

Con todo, la señal que anunciaba el desvío para entrar al pueblo contradecía ese paisaje pacífico que le había pintado el propietario. Se le escapó un bufido de estupefacción al contemplar lo que habían escrito en negro bajo el nombre del pueblo: Hitchcocklandia. Lo tentó la idea de aparcar en la cuneta para cerciorarse de que había visto lo que había visto, pero pasó de largo soltando una risita desdeñosa que días después recordaría envuelta en algo muy parecido al remordimiento.

[Puse sobre el escritorio la máquina de escribir. Coloqué el papel y giré el rodillo. Situé los dedos en posición, pero antes de teclear la primera palabra salté inquieto de la silla y fui al cuarto de baño.]

Cuando se hubo instalado, colocó sobre el escritorio la máquina de escribir de la que habían salido todas sus novelas. Se trataba de una Olivetti vieja que conservaba por pura superstición. Puso el papel y giró el rodillo, situó los dedos en la posición adecuada, pero antes de escribir la primera palabra algo lo impulsó a levantarse para ir al baño.

La bombilla del techo estaba fundida. Se asomó a la ventana. En tardes sucesivas, desde las pistas descubiertas del polideportivo ascendería un inconfundible tufo a porro que le haría dudar de la vocación deportiva de los jóvenes que cada día abarrotaban las instalaciones deportivas de la localidad.

Caminó descalzo hacia la habitación. Asomado a la calle, vio iluminada la ventana del edificio de enfrente. Antes de meterse en la cama apagó la luz, sin percibir por supuesto que en ese instante hacía lo propio su vecino al otro lado de la calle.

Por la mañana buscó una ferretería (más tarde supo que se trataba de la ferretería). El dependiente, al oír la campanilla, levantó la vista del libro que estaba leyendo. Mientras aquel hombre de piernas cortas buscaba la bombilla y el resto de cosas que le había pedido, Urbano se quedó ensimismado contemplando la maqueta de un barco de madera al otro lado del mostrador. Siempre había querido tener uno así.

Al darle la bolsa el dependiente se quedó mirándolo como si lo conociera.

-Te lo agradezco y te doy las gracias es un libro injustamente infravalorado -dijo tendiéndole la mano-. Me llamo Ernesto.

Encontrar un lector en un pueblo tan pequeño, en un lugar poco menos que recóndito, le hinchó el ego hasta niveles insospechados.

-Y La capa de hielo es de lo mejor que se ha escrito en este país en la última década.

-Muy amable. No es para tanto -acertó a decir con falsa modestia-. El barco que tiene a su espalda, ¿cuánto cuesta?

Ernesto tardó en reaccionar.

-Ah, no está en venta. Decoración -explicó-. Lo compré en el quiosco de la plaza. Ciento cincuenta entregas.

-Vaya. Es espantoso. Esa gente es capaz de vender por fascículos “El dinosaurio” de Monterroso.

[Sonó el timbre. Por segunda vez en tres días era el vecino del sexto. Esta vez necesitaba un par de tomates. Cuando volví con ellos se había colado hasta el salón y miraba por la ventana, junto a la máquina de escribir. Me dio las gracias afectadamente. Luego soltó: “Me voy, que es gerundio” (sic). Cerré la puerta preguntándome por qué subía dos pisos cada vez que echaba algo en falta.]

No pudo vencer la tentación de preguntarle qué libro leía. La idea de que fuese de Carlos Vaughan le cruzó la cabeza como una nube negra.

-Uno de Stephen King. Para pasar el rato.

Urbano se apresuró a concluir:

-La cuenta, por favor.

El carnicero le preguntó si era de allí. Urbano le respondió que estaría una temporada en Olivares del Campo. Vacaciones. Entregándole la bolsa con las chuletas, el tipo le dio la bienvenida.

En la panadería las viejas lo miraban indisimuladamente. Mientras permaneció en la cola se hizo el silencio. Cuando salió oyó que una de ellas murmuraba con reprobación:

-Es escritor.

Apoyado en el alféizar, dio un sorbo al café mientras disfrutaba del silencio de la noche. Sólo un grillo se oía a lo lejos. Antes de terminar la taza supo cómo debía titularse el libro.

Apagó la luz y siguió asomado a la calle. En un momento dado se hizo la oscuridad en la ventana de enfrente. Alguien subía la cuesta a duras penas, describiendo una trayectoria zigzagueante, dando pasos inequívocamente etílicos. Se tumbó en la acera como quien toma el sol en la playa. Luego hizo vagos ejercicios gimnásticos.

Urbano encendió la luz de la habitación. La ventana volvió a iluminarse al otro lado de la calle. Volvió a apagarla. Volvió a apagarse.

El borracho recobró la verticalidad.

-Bubueno -balbuceó-. Vámonos, que es gerundio.

-Necesito unos clavos y una broca del ocho.

-Del ocho no me quedan: tengo que pedirlas.

Alfredo Urbano aprovechó el silencio para preguntarle si había leído a Carlos Vaughan.

-¿Vaughan? -se sorprendió Ernesto-. Sí, leí un libro suyo. Demasiadas películas.

-¿Qué opinión le merece?

-Hay que reconocer que escribe muy bien. Es muy bueno. Pero, aquí entre usted y yo, sospecho que ese Vaughan, a ver si me explico, está demasiado influenciado por su obra, es, es un alumno aventajado, sí, pero no pasa de discípulo suyo.

Alfredo Urbano cogió los clavos. En ese momento estuvo seguro de que llegarían a ser buenos amigos.

-En eso último tienes razón: ese joven me plagia, aunque intente disimularlo.

-¿En qué está trabajando ahora, si no es mucho preguntar?

-Acabo de empezar una nueva novela. Si todo sale como está previsto verá la luz a finales del año que viene. Por cierto, el otro día, al llegar aquí, vi que en la señal de la entrada habían escrito una palabra con rotulador, debajo del nombre del pueblo.

-Hitchcocklandia.

-Esa palabra, sí. ¿Quién, quién ha escrito esa tontería?

-Fui yo. No se lo diga a nadie, pero fui yo.

-Vaya. ¿Y por qué?

-En realidad es una tontería, como usted ha dicho. No tiene mucha historia. Fue por mi sobrina, la pequeña. Cuando viene de la ciudad dice que aquí tiene la sensación de estar dentro de una película, de una película de suspense. Un día comentas en la pescadería que te duele un hombro y seis días después, cuando ya ni te acuerdas de aquello, te cruzas por la calle a alguien a quien llevas dos semanas sin ver pero que te pregunta: ¿cómo va ese hombro?, como si ayer hubieras tomado café con ella.

Alfredo Urbano aprovechó la ocasión para preguntar por el asunto de los apagones y encendidos simultáneos. Le explicó a Ernesto dónde vivía y si él conocía a los inquilinos de la casa de enfrente.

-En esa casa no vive nadie. Lleva dos años deshabitada -no tardó en responder.

En cuanto salió de la ferretería, Alfredo Urbano buscó una papelera y tiró los clavos.

Las dos primeras semanas de trabajo fueron buenas, pero a los veinte días el ritmo de escritura comenzó a ralentizarse. Acostumbrado al fragor urbano, le incomodaba tanto silencio, esa apariencia de que no pasaba nada, ni siquiera el tiempo.

Tal vez, después de todo, no había sido buena idea el cambio tan brusco de la urbe a la aldea. Pasó seis días sin escribir. Al séptimo volvió a intentarlo, y entonces descubrió que la historia no le apasionaba, que los personajes no eran coherentes. Dudó de todo: del título, de la relevancia misma de lo que se narraba en la novela, de la estructura, del nombre de la protagonista.

Para cuando la máquina se averió (y en el pueblo no había nadie que pudiera arreglarla), tuvo que aceptar que estaba bloqueado. Ernesto le consiguió un ordenador, pero cada dos por tres el perverso ayudante de Office lo interrumpía con preguntas del tipo: ¿desea reconvertir texto japonés, chino tradicional o chino simplificado?

Pero no había excusas. La página en blanco pesaba como una losa de mármol. Estaba ante el primer bloqueo serio de su carrera, justo cuando menos lo necesitaba, cuando debía escribir la novela que lo alejase radicalmente de Carlos Vaughan.

Acabó por no poder terminar nada: empezaba a escribir y se detenía antes de concluir el párrafo, cuando hablaba con Ernesto dejaba las frases a la mitad, y ni siquiera le elevó el ánimo el rumor según el cual Vaughan había conocido a la que ahora era su mujer cuando, durante una firma de libros, como dedicatoria Vaughan le había escrito: “Para Diana, que en lugar de mi número de teléfono sólo quiere este feo garabato”. Patético.

Y luego estaba la casa de enfrente. Cómo no iba a vivir nadie allí, cómo iba a estar vacía, qué cosas tiene este Ernesto, leerme a mí y luego ir degenerando hasta un Stephen King. Está loco. Están todos locos. Por dios, cómo va a estar vacía la casa.

Dormía como un tronco pero las pesadillas iban en aumento, confirmación de que su mundo interior se volvía cada vez más inestable. Sus sueños se tornaron extraños y para colmo recordaba al menos dos por la mañana, tres incluso en días fatales.

Una vez soñó que soñaba y que despertaba. Entonces, tras ducharse y desayunar, oyendo la paz de los pájaros, abría el periódico por un lugar al azar y encontraba un anuncio a doble página recomendando su nueva novela. En ese momento comenzaba a reírse satisfecho, cada vez más fuerte, hasta que bajaba la vista y descubría que el autor de ese libro, titulado como el suyo, no era él sino Carlos Vaughan. Ya no lo plagiaba, ahora en lugar de ir detrás se le había adelantado. Pero eso no era todo. Pasaba las páginas del periódico y se topaba una y otra vez con el desconcertante anuncio. Furioso, llorando casi, lanzaba con rabia el periódico al comprobar con pavor que todas las hojas, incluidas portada y contraportada, estaban copadas por Vaughan y su sonrisa de ortodoncia.

Viendo que era incapaz de escribir, decidió que le vendría bien un paseo. Agradeciendo la brisa fresca, se sentó en uno de los bancos del parque. En los columpios daba la merienda a su hija pequeña una madre que, apenas advirtió su presencia, se le acercó yogur en mano. Lo conocía. Por fin, pensó Urbano, otra lectora, esto me vendrá bien.

Pero pronto ella mencionó a Carlos Vaughan. ¿Era cierto que mantenía cierta polémica y rivalidad con él? Para nada, creo que Vaughan es un buen escritor, señora, qué digo, un gran escritor. No se sarcástico, señor Urbano, no le creo. ¿Es cierto que no soporta a Vaughan, que no lo puede ver? Qué cosas tiene. ¿Que lo odia? ¿Es esto un interrogatorio, señora? Mire a su hija, está llorando, tiene hambre. No cambie de tema: ¿se ha encontrado alguna vez con Vaughan? Por el momento, señora, no hemos tenido la oportunidad de coincidir. Claro, no han tenido la oportunidad de coincidir. Una frase muy bonita. Muy higiénica, diría yo. Pero no creo que sea verdad. Ahora la sarcástica es usted, mire, además su hija está llorando mucho, señora, mírela, está desconsolada, tiene hambre, quiere su merienda.

Están locos, pensó, en este pueblo están todos locos. Quiso marcharse, aquello no era Hitchcocklandia sino El Infierno. Pero si no se marchó fue porque en el fondo sabía que debía aguantar, quizá el día más insospechado, cualquier miércoles a mediodía, volviesen las palabras y consiguiese terminar un libro que ahora se le antojaba abortado.

Pero cómo iba a estar vacía la casa. El carnicero le había parecido un hombre con sentido común. Le preguntó sobre la cuestión. La respuesta lo dejó más tranquilo: no estaba seguro, pero creía que la habían alquilado recientemente, probablemente a un inglés. Un inglés, un pacífico inglés. Eso es todo. Olvídate de las luces. Tranquilízate de una vez, no son más que casualidades. Casualidades austerianas o casualidades kafkianas en todo caso, pero casualidades al fin y al cabo.

Intentó retomar la novela. Pronto, sin embargo, comenzó a incubar una sospecha. En esa casa donde se encendían y se apagaban las luces al mismo tiempo que en la suya, en esa casa gemela o reflejo de la suya, simétrica a ella, sólo podía habitar una persona, sólo podía vivir Carlos Vaughan.

Todo encajaba: Vaughan se había trasladado allí, como él, para escribir un libro. La cuestión era: ¿cuándo lo había hecho?, ¿antes que él? En todo caso, una única solución libraría a Alfredo Urbano de la locura. Debía liquidar a Vaughan.

Vigiló desde la ventana su casa mientras empezaba a afilar los cuchillos. Una noche, mientras cenaba con el televisor apagado, oyó eco de pasos y corrió a la ventana. Lo vio de espaldas: se apresuró a entrar y cerró la puerta. Era él, estaba claro que era él. El muy hijo de puta.

Hasta que volvió a verlo transcurrieron seis días, en los cuales sopesó las posibilidades de homicidio que se le ofrecían. La primera consistía en esperar a Vaughan tras la esquina y clavarle el puñal apenas saliese de casa; la segunda en llamar simplemente a su puerta, hola, qué tal, perdón por lo que te voy a hacer, es una putada, pero es que me estás jodiendo la vida, no te preocupes, prometo no salpicar. Pero lo más cómodo, pensó Urbano, sería un circense lanzamiento de cuchillos directo al cuello de Carlos Vaughan, desde la ventana, sin mancharse. Cómo pensar que aquellos consejos oídos con desgana hace años a un primo de un amigo de un amigo que trabajaba en el circo fuesen a serle ahora tan útiles.

Los días previos resultaron difíciles. A veces le asaltaban las dudas de convertirse en un asesino, a cualquier hora, al dejarse caer en la cama o al acercar el tenedor a la boca, pero la idea de no tener que volver a pensar en Vaughan, de que Vaughan no pudiera ya jamás escribir un libro como los suyos le resultaba demasiado tentadora como para echarse atrás.

La salida de Vaughan lo cogió por sorpresa. Desprevenido y todo, fue lo suficientemente rápido como para agarrar un par de cuchillos y lanzarlos a la nuca y a la espalda de la víctima. Se arrepintió apenas salieron de sus manos, pero ya el daño estaba hecho.

El primero se clavó en la madera de la puerta, a pocos centímetros del hombro derecho de Vaughan. El segundo, casi simultáneamente, hizo diana en el tobillo izquierdo. Vaughan gritó, miró a ambos lados buscando al culpable, se dio la vuelta y por fin, sin dejar de chillar, descubrió enmarcado en la ventana a su asesino. Alfredo Urbano fue incapaz de sostener su mirada y se escondió detrás de la pared, avergonzado, humillado, pues aquel no era ni por asomo Carlos Vaughan.

[Tal vez el lector se pregunte si terminé la novela, qué ha sido de Vaughan, cuándo volví de Olivares del Campo. La verdad es que aún no he regresado, porque nunca me fui. No he viajado a ese pueblo sino mentalmente. Preferí no moverme de mi escritorio e imaginar qué podría pasar en una situación extrema si Vaughan me seguía plagiando. Fue así como surgió la idea de escribir este relato, Rivales. Y para que el mismo Vaughan observe las fatales consecuencias que su actitud puede ocasionar, he pensado que no sería mala idea enviárselo. Esta misma mañana he encendido el ordenador para sorprenderlo con un e-mail demoledor. Antes que nada, he comprobado los mensajes nuevos. Entre ellos había uno recibido apenas hacía dos minutos. Adjunto al mensaje venía un documento de Word. Sorprendido, lo abrí. Se trataba de un relato. Su título era Rivales.]

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