Mentiras de verbena (John Lessone)

Entré en el bar del pueblo con el pulso temblón y marea baja de neuronas. Me senté en el primer taburete que encontré y lo acerqué a la barra. Pronto me sirvió el camarero mi acostumbrado carajillo con hielo, el cual comencé a beber en sorbos cortos mientras observaba con pereza el desierto reinante a mi alrededor. El pueblo entero debía andar durmiendo la resaca de la noche anterior. Entonces se abrió la puerta del bar y entró ella, rubia con el pelo corto y los ojos azules, labios de gruesa sonrisa y unos pechos firmes y grandes. Era mucho más fea que la noche anterior cuando comencé a besarla con una mano en su cintura y la otra en el vaso, entre breves pausas en las que rozando con mis labios su oreja comentaba su espectacular belleza. Se acercó hasta mí decidida y radiante. Volvíamos a estar solos uno frente a otro, igual que la noche anterior debajo del enorme olivo que protegía la intimidad del borracho y la gordita, a unos veinte metros de la verbena. Hola Javi. Yo le sonreí, mire al suelo del bar y tomé un largo sorbo de café volviendo a fijar la vista en ella. Yo no me llamaba Javi y con un poco de suerte tampoco ella sería la chica de la verbena.

-¿Qué tal Javi? Te veo cansadillo.

– Ya ves colega, la resaca.

– Si si. La resaca y algo más – sonreía y los dos coloretes que llevaba en los mofletes se encendían como intermitentes.

– Si, es la resaca y el dolor de cabeza tía.

– Y algo más pillín.

– Será el carajillo que me está sentando mal.

– Tienes mala cara tío.

Peor es la tuya, pensé. Pero decidí no engrosar la lista de personas non-gratas del pueblo y me callé.

– Yo estoy cansada, me duele todo.

– Es lo malo que tiene dejar de beber.

Ella comenzó a reír sin quitarme la vista de encima y dejó caer sutilmente su mano sobre uno de mis muslos.

– Eres un cachondo Javi, ayer lo pasé genial contigo.

– No mientas cabrona. Todo el mundo sabe que soy un borracho insoportable.

– ¿Pero que dices? A mi me pareces un encanto y además – dijo bajando el tono de la voz – te comportaste como un campeón.

– Seguro, con razón me dieron tantas copas, por campeón.

– Yo te daría una medalla – y volvió a sonreir tímidamente

Hizo un guiño con un ojo y saco la lengua como símbolo de complicidad. Una medalla al valor porque hay que tenerlos bien gordos, volví a comentar en plan cobarde, o sea, con la boca cerrada. Di un gran trago a la copa de café apurando hasta el último cubito de hielo.

– Tengo que irme colega, ya nos veremos.

– ¿En Granada quizás?

Volvió a sonreír y me puse un poco nervioso.

– Mejor en la verbena del año que viene.

Entonces le devolví el guiño y ella soltó una enorme carcajada.

– Qué cabrón que eres Javi, pero ya sabes que puedes llamarme cuando quieras.

Me dio dos besos más porque así lo dictaba el protocolo, pagué mi copa y me marché. El sol empezaba a apretar y el volante del coche quemaba como las mismísimas brasas del infierno. Una hora me separaba de mi ciudad, una hora en la que conduciría como un abuelo, sin prisa, escuchando algún canal de radio de música pachanguera. Una hora con las manos al volante y los ojos clavados en el asfalto. Kilómetros de carretera acompañado por aquella que siempre me aguantó en los malos momentos, que supo aguardar con paciencia a que yo volviese en mitad de la noche, que nunca le importó verme en portales abrazado con otras porque sabía que volver a su lado era sólo cuestión de tiempo: mi fiel resaca. Y mientras tanto, la calle de aquel pueblo empezaría a llenarse otra vez de gente, de chicos con resaca y restos de tierra en los zapatos y chicas con resaca y restos de recuerdos de Javis, Robertos y Felipes, donjuanes de una hora, galanes de pueblo de al lado y cabroncetes de verbena todos ellos de pies a cabeza como yo.

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