Manteca colorá (Montero Glez)

Portada - Manteca ColoráConil de la Frontera, Cádiz. Casitas de cal, tascas de pescadores, terrazas con sombrillas de cruzcampo, clubs de alterne, picoletos con barriga y mostacho, y gomas que cruzan el estrecho por la noche. En mitad del tinglao: el Roque, buscavidas profesional de sangre caliente, que acaba de salir de la cárcel; el Coronel Peralta, guardia civil jubilado y narcotraficante en activo, dueño y amo del cortijo que acostumbra a hacer lo que le sale de la próstata; y la Sole, tabernera de armas tomar, que se las entiende con el Roque en la cocina. Ocurre que un día el Coronel le ofrece un trato al Roque, uno de esos encargos que deben hacerse a la luz de la luna, pasando las de san quintín entre los latigazos de las olas y los focos de las heinekens. Y el Roque, que no es de los que agachan, tira palante haciendo oídos sordos a los gritos de la Sole.

Este es el comienzo de la historia, de las increíbles aventuras y desventuras del Roque, y de uno de los estilos narrativos más impactantes del panorama literario actual, aunque esta no es la primera novela del autor («Sed de Champán» y «Cuando la noche obliga» la preceden). Historias como esta te las pueden contar a patadas, pero la que nos cuenta Montero Glez es única, irrepetible, un pulp conileño de la hostia envuelto en tortilla de camarones. Cuenta para ello con un lenguaje terminado en punta de navaja, capaz de meter a empujones al lector dentro de las páginas y hacerlo correr junto al Roque en una de las persecuciones literarias más trepidantes que recuerde.

«Los fogonazos iluminan la noche y las balas le buscan los cojones. Ziaaiiing. Ziaaiiing. Las esquirlas de cristal azotan su cara y un granizado de vidrio cruje bajo sus pies. Tuvo que ser el Moquillo el que le cerrase el paso…»

Como no podía ser menos, y para que no se enfríe el personal, tampoco le faltan guindillas.

«. . . cada vez que el Roque enterraba el arpón carnal, ella se abría como una herida supurante de vicios»

Si lo lees igual te acuerdas luego de Tarantino. Lenguaje cañí con tintes barrocos, piruetas gramaticales que parecen escupitajos salidos de las tripas del lumpen. Y acción, mucha acción. Porque una buena historia del estrecho, como esta, tiene que tener acción y humor negro por un tubo.

«Que la cárcel era un lugar poco saludable , donde los días empiezan muy temprano y lo más fácil es que uno acabe con el culo hecho un san Lorenzo.»

Lo que está claro es que Montero Glez no te deja indiferente. Arriesga y vence con un estilo personalísimo. Se trata sin lugar a dudas de un hábil narrador que no pierde el tiempo con delicatesens, que va directo al meollo y que sabe perfectamente como mantener la tensión a lo largo de la historia. Ocurre además, en ocasiones, que los párrafos se vuelven viñetas y los diálogos bocadillos de comic.

«Y vuelve a cargar la escopeta recortada. Y otra vez. Bang. Bang. Y otra. Bang. Bang. Y así hasta que lo vio hundirse del todo. Glu, glu, glu.»

No es de extrañar por tanto la dedicatoria: Para Lorencín, que me compraba tebeos. Y para Luca Torelli, Silver Kane y el Mosquerita.

Estoy convencido de que si al Vaquilla y al Torete les hubiera dado por escribir sus memorias, les hubiera gustado hacerlo así, más o menos.

«Anda cabrón y ojalá te encuentres a Satanás lamiéndole el coño a tu puta mare».

Manteca colorá. Casi ná.

2 respuestas a «Manteca colorá (Montero Glez)»

    1. La verdad es que desconozco las particularidades del escritor, sólo su obra. En cualquier caso respetamos todas las opiniones y ahí queda tu comentario. Gracias por la aportación, y si quieres añadir algo más, adelante…

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