Los últimos percances (Hipólito G. Navarro)

Portada - Los últimos percancesOdio a Hipólito Navarro (por eso le suprimo la G). Él no lo sabe, pero lo odio en la distancia, por muchas razones. En primer lugar porque me llevé una pequeña bronca por su culpa.

Sobrellevábamos el año 2005, creo recordar (es mentira, lo recuerdo perfectamente, cuesta de enero, para más señas, o a lo mejor no). Deambulaba yo en mi rechinar de dientes por los pasillos del sempiterno Corte Inglés en busca de ideas para perfectos regalos de Reyes (que serían adquiridos en tiendas de todo a cien, así estaba mi economía en aquel momento) cuando topé con la obra de este individuo, por culpa de mi estúpida manía de revisar los anaqueles librescos cada vez que voy. Sabía de este señor por el prólogo que realizó a los relatos completos de mi paisano Fernando Quiñones, Tusitala – otro libro esencial para entender qué significa escribir narrativa breve en español –; ahí, aunque levemente, empecé a odiarlo.

Cometí el error de comenzar a leer los relatos de Los últimos percances. ¡Gravísimo error! ¡Terrible! Por culpa de este estúpido gesto no tuve más remedio que comprarlo, dejando sin regalos a mis familiares un poco menos cercanos, teniendo que inventarme un atraco ante mi mujer, excusa inútil porque, evidentemente descubrió el libro días después. En fin, una tragedia deliciosa.

Deliciosa porque este libro es una auténtica joya de la prosa en español. No es un halago gratuito (insisto, odio a este individuo a muerte). Estos cuentos – recogidos en tres libros entre 1996 y 2005 – son una síntesis exquisita de la mejor tradición cuentística moderna, desde Poe a Chéjov, Borges, Kafka y Cortázar, sobre todo Cortázar.

Pero es que consigue esta síntesis aportando el punto que le diferencia entre tanta maraña (de ahí parte de mi odio): la voz de Hipólito suena propia, original, suya. Salpicada de hilos metaliterarios, sí, pero sazonada con la gracia andaluza que no podían poseer estos grandes maestros. Le nace (¡cuánto odio le tengo!).

Y es que el humor es el punto de unión de esta tremenda antología, humor que se refleja en los mismos títulos de los relatos: A buen entendedor (Dieciocho cuentos muy pequeños redactados ipsofácticamente), Tres putas pistas pues, Relatos apoyados en una esquina, Ecuación de los amagos, Jamón en escabeche, Tres trillizas torres, etcétera, etcétera, etcétera.

Por eso me lo leí en una semana, paladeando cada palabra de cada cuento, ignorando los apuntes de Lingüística, de Fonética y Fonología, ignorando la lectura de los Milagros de Nuestra Señora de Berceo y todo lo demás, porque sólo quería leer y leer sus cuentos, sus asquerosamente fantásticos cuentos.

Total, que me he visto obligado a recomendarlo a la gente que conozco, a prestarlo y tener que escuchar cuando me lo devolvían «¡qué cabrón, qué pechá de reír me he dao, qué bueno es este tío!». Tristísimo, humillante, apabullador… Genial.

Incluso ahora, tres años después de haberlo leído por primera vez y tras haberlo releído la semana pasada, no me queda más remedio que reconocerle los méritos a este señor que, para colmo, es amable y simpático: tuve la ocasión de conocerlo en Granada y nunca podré olvidar el consejo que me dio (¡cuánta razón tenías, Hipólito!).

Un asco vamos. Y me veo una vez más relegado al cajón de los fracasos, cuando intentando imitarle procuro hacerme el gracioso y no me sale, no me puede salir, en la vida; porque Hipólito (¡maldita sea!) es único.

Me rindo.

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