Los mejores cuentos (Sergio Pitol)

Portada - Los mejores cuentosUna vez, con apenas diez años, me quedé embobado mirando a mi padre trabajar. Tenía que construir un tabique, y contra mis pensamientos infantiles, antes de poner un solo ladrillo, estuvo un largo rato tirando cuerdas, tensándolas, fijándolas en una larga vara de acero que estaba unida al suelo con cemento. Cuando paró, ante mí se hallaba una estructura perfecta formada por cuerdas y aire, y me dijo: “cualquier cosa que pretenda ser duradera tiene que estar primero bien planteada, las líneas maestras. Si no, lo único que salen son churros”.

Los cuentos de Sergio Pitol me hicieron recordar esto. En primer lugar, porque al leerlos los descubrimos como un aparato narrativo perfectamente planeado; y en segundo lugar, porque la labor creativa de Pitol, su legado, debe cumplir en el proyecto a largo plazo de cualquier ingenuo emborronador de cuartillas como un servidor la función de esas cuerdas-guía, ya sea a través de las lecciones magistrales implícitas o explícitas del maestro mexicano.

Esta antología de nombre tan certero está encabezada por un prólogo de Enrique Vila-Matas, una nueva arma diabólica de este autor, un texto en forma de diario que a su vez es un cuento. Y todo esto cargado de juegos metaliterarios, de casualidades, de analogías de contrastes que, tras leer a Pitol, se sienten como una referencia directa al que considera como su maestro; y que Vila-Matas lo considere su maestro ya dice mucho de Sergio Pitol.

Tras el prólogo, los catorce cuentos que conforman la antología. ¿Qué podemos encontrar en ellos?

Por un lado, entramos en un universo metaliterario donde todos los participantes en el hecho literario tienen su protagonismo:

El escritor, que debe permanecer en un constante estado de alerta, porque en cualquier lado, en cualquier contexto, puede dormitar una historia; y además la necesidad que siente de contarlas, pues “sabe que cuando ya no pueda hacerlo le llegará la muerte, no la definitiva sino la muerte en vida, el silencio, la hibernación, la parálisis, lo que es infinitamente peor” (p.243).

El mismo acto de escribir, pues vuelve en más de una ocasión sobre cómo se pone en marcha la maquinaria inventiva que da origen a una narración, “el elemento excitante para crear una trama” (p.238).

Y por supuesto el lector, que puede sugestionarse, identificarse tanto con lo que lee que se llegue a sentir parte de la ficción que está leyendo. Además, el eco cervantino se entrevé en la pasión narrativa, el gusto por contar historias y por ir encajando unas dentro de otras en un constante juego de cajas chinas.

Junto a esto, nombres de autores, de obras, que van formando la “biblioteca” del autor mexicano.

Pero no sólo aparecen referencias literarias, otras artes como la música, el cine o la pintura también tienen su lugar entre los textos de Pitol, haciendo alarde de una bastísima cultura.

Por otro lado, también podemos encontrar el gusto de Pitol por lo difuso, por las fronteras entre la realidad y los estados que perturban esa “realidad”, las grietas que se producen en lo cotidiano, “la misma sustancia espesa de la vida” (p.111). Como expresa en el comienzo de «El regreso»:

“Tanto en la vida como en la literatura le parece ideal que los hechos puedan ensamblarse, fundirse a tal grado que se neutralicen, que se diluyan en una especie de fluido en que ninguna de las partes pueda valer por sí misma sino por el todo, el cual, a la postre, no debe ser sino un clima, una determinada atmósfera” (p.99).

Y dentro de este mundo de penumbras, desempeña un papel fundamental lo onírico (“un sueño fue decisivo para echar a andar los mecanismos de la creación”, p.150; “fue todo como un sueño”, p.70; “Así, aún dentro del sueño, trate de apelar a una explicación racional”, p.59).

Por último, y relacionado con lo anterior, sería un delito olvidar su estilo, que es definido por Vila-Matas de forma impecable:

“Lo cuenta todo y deja por resolver el misterio, que es una manera también de contarlo todo. El estilo de Pitol consiste en huir de esas personas tan terribles que están llenas de certezas. Su estilo es distersionar lo que mira” (p.18).

“Sus cuentos serían cuentos perfectamente cerrados si nos revelaran algo que jamás nos revelarán: el misterio que viaja con cada uno de nosotros” (p.29).

También la forma que tiene de acabar los relatos es digna de señalarse, pues sus finales son como un manotazo sobre la mesa, como una caricia en la mejilla del que lee.

Sergio Pitol, un hombre sonriente, humilde, un autor generoso, según nos dice Vila-Matas, porque es uno de esos escritores cuya “literatura no depende de lo que hagan los otros, sino de lo que escriban ellos. Saben que no serán peores ni mejores porque otros escriban cosas infames o sobresalientes […] Pitol descree de los decálogos y las recetas universales […] para Pitol, la Forma que llega a crear un escritor es el resultado de toda su vida […] entiende la literatura como una república de las letras en libertad” (p.32 y 34). Sergio Pitol, un premio Cervantes que se dedica a escribir más que a figurar, quizá porque no necesita vender libros para vivir.

En la biblioteca de cualquier amante del género no puede faltar el silencioso magisterio de este mexicano extraordinario.

3 respuestas a «Los mejores cuentos (Sergio Pitol)»

  1. Pitol, junto con Chirbes, es uno de los escritores que tengo ahí en la recámara esperando a ser leídos. Vilamatas es un gran recomendador de autores, casi nunca defraudan. Yo gracias a él he hecho grandes descubrimientos como Robert Walser, Raymond Rousell, o el grandísimo «Oblomov» de Ivan Goncharov. La sección «Relecturas» de la web de Vilamatas siempre esconde sorpresas…

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