Los lameluzos corrían sin prisas (Miguel Ángel Lizaranzu)

Portada - Los lameluzos corrían sin prisasPor encima de todas las cosas, creo que esta obra sólo puede ser o una gran pesadilla o una gran resaca. La gran pesadilla o la gran resaca de un individuo, Albert Camus el Tercero que se pelea consigo mismo y sus temores, un escritor que se planta ante sí mismo y se autodiscute.

Aunque aparentemente pueda resultar confusa, podemos diferenciar dos partes en la obra:

– Una primera que abarca hasta que, después de arrojarse del coche de la vieja, acaba desmayándose. Es el momento “presente” del escritor, cuando no es más que un pobre diablo.

– Una segunda desde que despierta, diez años después, hasta el final. La visión futurista de Lizaranzu es muy interesante y compleja, crítica con la sociedad pero también con el mismo oficio de escritor.

Esto último es de los aspectos más interesantes y dignos de destacar de este libro. Porque el personaje de Albert Camus el Tercero representa al escritor rebelde, anárquico, transgresor, fracasado… en un primero momento, porque diez años después se ha convertido en un perfecto producto del sistema, el “escritor rebelde oficial”; es decir, se refleja la capacidad de la sociedad de asumir, de asimilar, aquellas notas discordantes, aquella gente que protesta, logrando de esta manera silenciarlos, neutralizarlos. Lo curioso es que con el recurso del viaje en el tiempo, la crítica se convierte en autocrítica; a través del Camus fracasado vemos al Camus exitoso. Entonces la pregunta: ¿es esto lo que quiero ser? ¿Tanto esfuerzo para llegar aquí?

Oportuna cuestión en unos tiempos donde los grandes escritores exitosos de nuestra sociedad, ganadores del Planeta y otros prestigiosos premios, se ven abocados a comentar en corrillo la última pelea de Belén Esteban o la última escaramuza sexual de Francisco Rivera Ordoñez.

Esta reflexión es constante; por ejemplo, cuando el Camus fracasado habla con el pintor Bruno Amadio leemos:

“- He leído tu última novela. Es una soberana basura.

– Lo sé – contesté –, yo también acabo de leerla […]

– Eres un estafador escribiendo, te conoces los trucos y los utilizas, pero a mí no me la metes […] Antes no le dabas importancia a lo que escribías, ahora sí, eso es malo para un escritor…” (p.77-78).

Es el constante autocuestionamiento de aquel que se debate entre ser fiel a sí mismo o disfrutar del sistema dejándose vencer por él. ¿Hasta dónde podemos llegar con nuestros principios? El Camus exitoso lo aclara:

“- Mira, en el fondo sabes que quieres los aplausos, quieres que la gente te lea, quieres publicar, eso significa hacer ciertos sacrificios, yo los he hecho, y he aquí la recompensa. La literatura es un negocio, como lo puede ser cualquier otra cosa. Soy tú, hermano, el tiempo es lo único que nos separa. Tú aún eres el joven, el idealista, te quieres comer el mundo… yo soy la realidad” (p.89).

Interesante y acertadísima reflexión que estoy seguro suscribirían más de uno y más de dos poetas-profesores de universidad, jóvenes contestatarios del pasado y actuales caciques de la cultura. Pero claro, esto lo dice el futuro Albert Camus el Tercero; pero como lectores somos testigos de lo que piensa y siente el Albert Camus el Tercero del pasado. Quiero decir, la actitud revolucionaria del pasado queda diluida con el paso del tiempo, pero esto no significa que fuese hipócrita o falsa, sino que se ha visto corrompida por este; porque si una cosa tenemos clara es que el Albert Camus el Tercero del pasado es un apasionado de la literatura. ¿Por qué? Podríamos mencionar bastantes ejemplos, pero me quedo con uno en concreto que refleja, por un lado, el sueño de todo amante de la literatura que conozco (y entre los que me incluyo): comprar los libros de nuestros autores predilectos sin preocuparnos del precio; y por otro lado, la “tradición” en que se enmarca – y que personalmente creo que refleja el propio gusto del autor –, los antecedentes que cada escritor debe elegir:

“- Verá, quiero las obras completas […] de Knut Hamsum, de Sade, Dostoyevski, Camus (por supuesto), Nietzsche, Boris Vian, Bukowski, Ionesco […], Marguerite Duras, Anaïs Nin, Virginia Woolf, Raimond Carver, Celine, Artaud […] Rimbaud, Lorca […] Baudelaire, Verlaine, Maiakovski” (p.55).

Toda una declaración de intenciones, literarias.

En definitiva, un libro muy recomendable, un ejercicio de distanciamiento con el tipo de prosa que triunfa bastante interesante, un texto que sacude al que lo lee y que juega con el peligro del extremo, pues si el lector – que es al final el soberano, como bien señaló Cervantes – decide no entrar en el juego, la iniciativa queda incompleta. Pero si lo hace, si acepta las condiciones que se proponen en la novela y juega, el disfrute que obtendrá como resultado compensará cualquier desánimo.

Quién sabe si el tiempo, ese tiempo temible, colocará a Miguel Ángel Lizaranzu y a Los lameluzos corrían sin prisas entre los anaqueles de superventas de los grandes centros comerciales o de las librerías con sucursales por toda la geografía mundial; lo que sí sabemos es que hoy, en estos momentos, es un libro que merece la pena buscar y leer.

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