Los girasoles ciegos (Alberto Méndez)

Portada - Los girasoles ciegosLo de morirse y triunfar, además de una putada, es moneda corriente en oficios relacionados con el arte, entre ellos la literatura, faena de mucho curro y más hambre todavía. Por ahí han pasado muchos, Cervantes, Van Gogh, Bolaño, Kafka…y Alberto Méndez, uno de los más recientes y laureados. A título póstumo, claro, puesto que escribió «Los girasoles ciegos», al tiempo falleció y un poco después llegó la película, y con ella las críticas favorables, las salas llenas, las taquillas suculentas, los galardones que tienen que recoger otros en su nombre, y por supuesto las ventas de libros, apilados en grandes centros comerciales y en lugares destacados. Es la gloria de la que hablaba el Galván de Fernán-Gómez en su viaje a ninguna parte. Si algo existe tras las cenizas y aún pueden sentirse placeres desde allá, Méndez estará disfrutando (digo yo) de lo que en vida no pudo. Merecido placer a decir verdad.

«Los girasoles ciegos» es uno de los cuatro relatos o derrotas que conforman esta obra, y digo derrotas porque su autor así los define. Historias trágicas que transcurren en distintos momentos del período de la Guerra Civil, donde subyacen la injusticia, la soledad y la muerte. Un reo del bando republicano que, para salvar la vida, hará creer a un miembro del tribunal que conoció a su hijo cuando éste aún vivía; el diario de un poeta rojo que tras huir con su novia embarazada quedará atrapado en mitad de la montaña, sin más compañía que el silencio blanco de la nieve; un coronel del bando nacional que un día antes de la Victoria, decide entregarse a los republicanos; y los girasoles ciegos, historia de miedos y temores que, encerrados en un armario, tratarán de esquivar fantasmas con camisa azul, flechas y sotana. El más punzante y rabioso de los cuatro relatos, capaz de llevar la sangre a ebullición y hacer que el asco y el odio naveguen enfurecidos por las tripas. Un hombre lleno de certezas terribles, un siervo de Dios en la frontera de la duda, un asesino silencioso y reprimido que repta emergiendo a través del alzacuellos. Una derrota más que nos viene a recordar que, en el fondo, la iglesia siempre fue un dragón de dos cabezas con las que defender a Dios y a la patria.

No me cabe la menor duda. Alberto Méndez fue y seguirá siendo un excelente escritor, y yo por mi parte seguiré sin llevarme bien con los que anhelan la derrota de otros a cualquier precio.

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