Los eruditos a la violeta (José Cadalso)

Portada - Los eruditos a la violeta“Mi tío decía que papá era uno de esos socialistas «a la violeta», siempre gritaba «libertad, libertad» en las manifestaciones” («Matar las preguntas», Alberto Daneri, 1981).

“Sea como fuere, este fenómeno suele promover el rasgado de vestiduras o el ensayo sociológico a la violeta” (Prensa argentina, 1992).

“Los pedagogos a la violeta han rebautizado el tradicional recreo de los escolares como segmento de ocio” («La perversión del lenguaje», Amando de Miguel, 1994).

“Nuestros eruditos a la violeta fotográfica la reinventaban al revés, para acabar exaltando la España eterna” («Historia de la fotografía en España», Publio López Mondéjar, 1997).

Estos cuatro ejemplos – extraídos del CREA de la Real Academia – nos sirven para reflejar cómo la expresión acuñada por Cadalso ha llegado a lexicalizarse en nuestra lengua y ha utilizarse de forma normal para hacer referencia a personajes cercanos a los retratados por Cadalso en esta obra. Creo que esto es uno de los mayores logros a los que puede aspirar un escritor.

Sin embargo, también suele ocurrir que de tanto usarlo, de tan consabido, se pierde la conciencia del origen. ¿Qué escribió Cadalso en este “ensayo”? ¿Qué criticó y de qué manera? ¿En qué radica su importancia, más allá de la contribución al léxico cotidiano?

En primer lugar, Cadalso reviste a la obra de un carácter literario, pues no es él quien reflexiona en primera persona sobre el asunto (a la manera del padre Feijoo en su Teatro crítico o en las Cartas eruditas), sino que le entrega la palabra al Profesor Violeto, que tiene una academia para enseñar a los jóvenes petimetres de la Corte cómo deben comportarse en público para aparentar sabiduría.

Y es esta una de las claves (si no la más importante) de Los eruditos…, las apariencias. Cadalso incide una y otra vez, a través del Profesor Violeto, en que lo más importante es la imagen exterior, lo que aparenten ser, la impresión que dejen en su auditorio. Por ejemplo:

“Las Ciencias no han de servir mas que para lucir en los estrados, paseos, luneta de las comedias, tertulias, antesalas de poderosos, y cafés” (página 7). “Y al pronunciar este último verso, arquead las cejas, mirad alrededor, por encima de las cabezas de todos, estendiendo el brazo derecho” (página 16).

“Es indispensable que tengais, llevéis, publiquéis, aparentéis, y obstentéis un exterior philosóphico” (páginas 32-33).

“Los lucimientos exteriores, que deben ser las niñas de vuestros ojos” (página 49).

La obra está estructurada en siete lecciones, una por cada día de la semana, donde se tratan los temas fundamentales que debe conocer cualquier “erudito a la violeta”:

«Lunes: oración con que se da principio al curso, y primera leccion. Idea general de las ciencias, su objeto y uso, y de las calidades que han de tener mis Discípulos».

«Martes: segunda leccion. Poëtica y Rhetórica».

«Miercoles: tercera leccion. Philosophia antigua y moderna».

«Jueves: quarta leccion. Derecho natural, y de las gentes».

«Viernes: quinta leccion. Theología».

«Sábado: sexta leccion. Mathemática».

«Domingo: septima leccion. Miscelanea».

Al final del último día, el Profesor Violeto regala unas instrucciones a sus discípulos para cuando tengan que viajar por otros países y unas instrucciones sobre cómo ser buenos críticos literarios, a la violeta, por supuesto.

No es este el lugar para comentar datos biográficos sobre Cadalso que puedan arrojar más luz sobre la obra (remito al prólogo de esta edición realizado por Manuel Ángel Vázquez Medel), pero sí conviene apuntar un hecho: cuando apareció, el mismo Cadalso fue catalogado como erudito a la violeta por sus contemporáneos. Sin embargo, el propio autor se encargó de aclarar que no criticaba a las personas que no fueran sabias (porque entonces casi todos lo seríamos), sino a aquellas que poseen escasa sabiduría y aparentan ser sabias, expertas, eruditas en una materia de la que sólo poseen una leve capa de conocimientos.

Y además: la crítica de Cadalso no es sólo para los eruditos a la violeta que pululaban por la sociedad española de su tiempo, sino también para esa misma sociedad, que los sustentaba, mantenía y aplaudía, tan culpables o más de que existan estos personajes.

Fue tal el éxito de la obra que meses después Cadalso “se vio obligado” a publicar un Suplemento (que también se encuentra en la presente edición).

Han pasado doscientos treinta y siete años desde que Cadalso entregara en la imprenta del señor Antonio de Sancha en Madrid el manuscrito de esta obra; poco ha cambiado desde entonces. Como reflejan las citas del principio, que se siga utilizando el término para el mismo tipo de gente refleja lo poco que hemos evolucionado desde entonces. En nuestra España del siglo XXI seguimos disponiendo de eminencias a la violeta en cada uno de los ámbitos de la vida que podamos encontrar; lo que sí podríamos sustituir es las lecciones de Matemáticas, Teología o Derecho Natural (en Literatura nacen, crecen y se reproducen como las cucarachas) por Deporte en General (o breves lecciones de Fútbol, Baloncesto, Fórmula Uno, etc.), Mundo Rosa o Televisión.

Y es que, como bien dice Cadalso, en todos los siglos y países del mundo han existido, y seguirán existiendo, eruditos a la violeta, por lo que podemos aventurar.

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