Las visiones de la cebolla (Raul Rubio)

Nada le estaba saliendo como había imaginado, no tenía tiempo. Si hubiera sabido que aceptar el ascenso iba a suponerle ese estrangulamiento de vida…

Todo lo que era se había convertido en fue. Los tres vértices fundamentales de su existencia hasta el momento, surf-mujeres-literatura, habían sido eliminados por el nuevo cargo, por la nueva ciudad, por el nuevo entorno. Y de estos tres ejes, lo que más sentía era haber perdido el último: la literatura, que había sido su mayor pasión, se le había vuelto una condena. Había estado amontonando libros en la mesita de noche, libros que acumularon polvo y hasta polvo que se acumuló en el propio polvo, algo terrible. Y escribir, esa forma de combatir lo volátil, se había convertido en un ejercicio casi olvidado; hacía siglos que no lograba contar una buena historia. Quizá habían estado pasando a diario junto a él, pero no tenía tiempo para captar los signos entre porcentajes de ventas, recortes presupuestarios, campañas de lanzamiento, ofertas… No sentía el ansia, no encontraba la forma, había perdido la mirada. Estaba acabado.

Mientras se estaba concediendo una tregua de lloriqueo interior en la sala de relax del híper (llena de gente, cada uno con sus problemas, alterados, sofocados, supurando frustración y mala leche), mientras se tomaba el enésimo café del día, observó cómo en una mesa junto a él dos chicas hablaban sonriéndose, las únicas. Una, rubia, con el pelo rizado, ojos de gata, nariz respingona, boca sensual; la otra una desbordante acumulación de humanidad en todas las dimensiones del espacio. Movió lentamente la silla, aguzó el oído por si podía pescar algo que permitiera el acercamiento a la rubia de pelo rizado, por la que había sentido el típico flechazo inevitable, y pescó.

– Hacía tiempo que no me pasaba, incluso llegué a pensar que no me volvería a ocurrir. Pero mira qué mala suerte.

– ¡Qué cosa más rara! ¿Y te pasa desde niña?

– Sí. El médico dijo que era una intolerancia metabolística a los componentes de la cebolla. No puedo ni rozarla. Vamos, es dar un mordisquito a un trozo y empiezan a aparecer las manchas, los colores, las cosas. Se me pasa, ¡y apenas recuerdo lo que ha pasado!

– ¡Qué fuerte, tía!

Tenso, como un perro de caza que otea el horizonte y afila el colmillo al divisar su presa, intentó disimuladamente acercarse para escuchar más y mejor. Como no funcionó, se levantó, midió el espacio, comenzó a buscar la fórmula matemática adecuada para ver y ser visto, utilizó la más gastada de sus sonrisas y desapareció. Tenía que saber más, necesitaba más datos, detalles, nexos. Necesitaba acercarse a ella, aunque ella ya no era ella, sino su historia.

Decidió que lo más efectivo sería iniciar una labor de acoso y derribo. Así que cada cruce, cada mirada, cada sonrisa, tenía que minar la previsiblemente frágil defensa del enemigo. Comentarios halagadores sobre apariencia, trabajo, tenacidad, coraje… Evolución de las miradas, coqueteo puro y duro como último recurso. Finalmente, proposición directa, ataque a tumba abierta.

– Oye, verás, que había pensado que, si no te importa – ojos desorbitados, sonrisa naciente – que, verás, no sé, si te gustaría – sonrisa más amplia – cenar el sábado en mi casa. No te en…

– Sí, me encantaría – gran sonrisa de ojos centelleantes.

– ¡Estupendo! – tengo historia – Te doy la dirección, ¿vale? ¡No me falles!

Tres semanas y media había necesitado para armarse del coraje suficiente. En esas tres semanas y media, mal que le pesó, llegó a convertirse en el motivo central de las burlas y chistes de dudoso gusto de la mayoría de los empleados que componían la plantilla de ese corral de comedias que era el híper, empleados que en un porcentaje nada desdeñable habían dado cobijo a un odio encarnizado hacia su figura, desde que se anunció su llegada hasta que se materializó en el centro, por razones que se centraban, principalmente, en la esperanza frustrada de haber ocupado ese cargo.

Pero en esos momentos le daba igual, tenía una misión y la iba a cumplir: todo valía para conseguir su historia, esa historia que lo reconciliara con su parte no visible, que le hiciera sentirse de nuevo en paz con el Espacio.

Los dos días que transcurrieron desde el dicho al hecho, ella los pasó levitando entre los lineales, confidenciando con las compañeras, conjeturando sobre las intenciones que lo habían empujado a invitarla. Él, con la cabeza agachada, con el peso de ella sobre los hombros, arrastraba su vergüenza por los pasillos, teniendo que soportar la insurrección de sus propios subordinados, conocedores, como todos, de la cita.

Que llegó. Preparó meticulosamente la cena: una ensalada, unos entrantes, sopa, segundo plato y postre. Todo, excepto el postre, con un denominador común, la cebolla: ensalada de lechuga, tomate, atún, maíz y abundante cebolla; aritos de cebolla; sopa de cebolla; entrecot de ternera con patatas hervidas y una salsa hecha con vino blanco, ajo y cebolla. El Plan incluía una botella de Matheus Rossé, una luz tenue de muchas velitas repartidas estratégicamente por la estancia y una suave música de fondo (los Grandes Éxitos de Kenny G). Se arregló, calentó la sopa, fumó. Cinco minutos antes de lo previsto, sonó el timbre.

Por un segundo, sólo por un segundo, después de abrir la puerta, se planteó abortar El Plan: ella le sonreía tímida, detrás de los cristales de las gafas, con la cabeza medio agachada, medio ladeada, un poco ruborizada, con un vestido negro horrible, sin formas, extenso por ambos lados de su geografía. Logró cloroformar al ser humano que creía seguir siendo y con un gesto de la mano la invitó a pasar.

– Qué apartamento tan bonito – las dos manos en el asa del bolso, cruzado junto a su vientre, los ojos en el suelo, la cara encendida.

– Pero ponte cómoda, mujer. Suelta el bolso ahí, eso es, en el sofá. ¿Fumas? Haces bien, yo no puedo quitarme. Bueno… – primer silencio incómodo – Oye, gracias por venir.

– ¡No, por favor, gracias a ti por invitarme! – No vayas a pensar mal, no voy invitando a mi casa, así, ¡ea! – no soportaba su risa de ardilla epiléptica – Te puedo asegurar que eres la primera persona que ve mi casa, a excepción del dueño, claro – hubiera preferido callarse, para no oírla más – Y bien… – segundo silencio incómodo casi consecutivo – ¿Desde cuándo trabajas en el híper?

Se contaron partes de sus vidas, ella más que él, que escuchaba, atento, como un zorro, fumando.

– ¿Cenamos? – ella asintió, aliviada, porque tenía hambre – Espero que te guste lo que te he preparado. No se me da muy bien la cocina, sé hacer unos cuantos platos, solamente…

– Seguro que está todo riquísimo – era una cordera, una ovejita estúpida que iba balando feliz hacia el degüello.

Él comenzó a servir los platos, y a cada plato, el resplandor de la cara de ella se iba apagando, el gesto frunciéndose, la sonrisa evaporándose.

– ¿Te ocurre algo?

– No, perdona. Esto… Eh… ¿Está hecho…? ¿Es…?

– Dime, mujer, qué pasa.

– ¿Es cebolla esto?

– Sí, ¿por qué? ¿No te gusta? A mí es que me encanta la cebolla, la pongo en todas mis comidas, me vuelve loco – ella soltó una risita estúpida y ahogada – ¿No te gusta?

– No, no es eso, es que la cebolla…

– Tranquila, no pasa nada, si no te gusta no te gusta. Pido pizza o comida china y ya está, total, qué importa que haya estado toda la tarde cocinando…

– ¡No, por favor! Perdóname, cómo iba yo, cómo ibas tú a saber… Debería haberte advertido. Lo siento, es un problema que tengo con, bueno es una tontería, no quiero molestarte, discúlpame.

– No, si no es molestia – ¡ahuuuú! –. Cuéntame, soy todo oídos.

Así que ella le explicó brevemente cómo, siendo pequeña, asustó varias veces a sus padres con extraños comentarios acerca de colores y formas, de visitas y voces, de animales y texturas, con comportamientos anormales. El padre creía que estaba loca; la abuela, endemoniada. Sólo la madre se dejó los huesos en ir médico tras médico buscando la solución al problema. Cuatro años después, en Barcelona, el doctor Font le diagnosticó la «intolerancia metabolística a los componentes de la cebolla». Él no paraba de hacer anotaciones mentales, casi sin moverse.

– Lo siento, de verdad. ¡Cómo iba yo a saber esto! Nada, nada, llamo a la pizzería…

– No – los ojos de él desorbitados, la sonrisa naciente –, no te molestes. Total, por un día – sonrisa más amplia –, a lo mejor ya hasta se me ha pasado – rictus mortis –. Me encanta la cebolla, y a veces, a escondidas he comido, y no me ha pasado nada – la sombra del fracaso nublaba su horizonte.

– Bueno, pues, ¡adelante! – casi temblando – ¡Tengo un hambre! – no podía esperar más.

Durante diez minutos no dijeron una palabra. Las manos iban y venían armadas sobre la mesa, sobre los platos. Él vació rápidamente su copa dos veces, ella no probó ni un sorbo. A él seguían temblándole las manos, a ella también, pero por otro motivo. De repente, ella soltó los cubiertos sobre el plato, echó la cabeza hacia atrás con los hombros caídos, con los ojos en blanco. De un salto, él llegó hasta ella. Una chispa de culpa encendió su conciencia. ¿Se la habría cargado? Había puesto cebolla para matar a cuatro alérgicas. No respondía, parecía realmente…

Pero, cuando volvió en sí, era otra. Mantenía la mirada en el infinito, la boca entreabierta, la cabeza totalmente ladeada. Él se apartó, aterrado. Hacía gestos como de paloma con el buche, como si le costara un enorme esfuerzo respirar.

– ¿Estás bien? – le preguntó. Ella asentía con dificultad, con la mirada petrificada en algún punto entre el techo y el infinito.

Entonces se incorporó, lo cogió del brazo muy delicadamente y comenzó a hablarle de nardos violetas que crecen entre los pantanos del desierto, de leopardos albinos y tigres negros que se esconden de los basureros cuando la ciudad duerme, de atletas sin cabeza que se pasan la vida corriendo tras un sueño perdido entre las cataratas de los niños inmóviles de las cavernas. Él escuchaba atónito mientras la acompañaba en su paseo por la casa, un paseo que, por la forma de andar que ella le impuso, parecía ser sobre arenas movedizas, o sobre un suelo de chicle, o entre los pasillos de una nave que gravita alrededor del planeta.

Ella continuó hablando, contando, instalados ya en el sofá, con una voz cada vez más melosa, con una cadencia inidentificable, cercana al susurro, que cautivaba los sentidos, mientras que él apuntaba en una libreta apresuradamente aquella ingente cantidad de información.

– Te conviene emprender distinto viaje – espetó en un momento dado. Con fuerza, le arrancó la libreta, la tiró al suelo y se pegó más a su cuerpo. Su mirada, la entonación de la cadencia, había cambiado; incluso sus gestos, sus movimientos, parecían distintos. Temió que lo fuera a traspasar de tanto que se acercó, y boca contra boca le dijo con una voz irresistible y mal oliente:

– ¿Sabes de que me están entrando muchas ganas?

Se soltó de su agrio abrazo. Ella iba de nuevo a por él, que sin darse cuenta, andando hacia atrás, había claudicado entre la hembra y la pared. Riendo abiertamente tras su victoria, ella volvió a abrazarlo, a acariciarlo. Le pasó la lengua por la cara. Se colocó de rodillas ante él, pausadamente, sosteniendo la agonía del otro, y de un golpe bajó a la vez pantalones y slip. Al momento, bañó de besos la zona púdica del otro, tocando, mesando. Él no estaba para fiestas, pero tampoco podía ofrecer una seria resistencia. Decidida, se introdujo el fláccido colgajo entre los labios. Cerrando los ojos, él emigró a mundos de materias disueltas, de errores cósmicos, de levedades evanescentes incoloras. Pero de repente, sin poder explicarse por qué, un relámpago moralista le hizo volver y empujar a la chica por los hombros hacia atrás.

– ¿Qué pasa? – dijo ella apoyándose en los codos, con los ojos vomitando fuego – ¿No te gusta?

– No, esto no está bien, ¡no estás bien! No…

– ¡Qué dices! No podemos dejarles así – ya incorporada, abriendo los brazos, señalando a cada punto del salón –. Mira cómo nos miran, no podemos dejarles así.

– Insisto, no…

Como si no fuera más que una pluma, ella lo cogió en brazos y lo transportó por el salón, por el pasillo, hasta llegar a la habitación. Igual que una madre a su criatura, ella lo tumbó bocarriba sobre la cama y acabó de desnudarlo. Cerró la puerta y, lentamente, le regaló un striptease exclusivo: primero el horrible vestido negro, luego una antiquísima combinación beige, después un enorme sujetador que podría servir de paraguas para dos niños y por último, las bragas; todo acompañado de un patético Happy birthday to you a lo Marilyn. Fue avanzando por la cama, gateando sobre el colchón, arrastrando sus pesadas carnes. La virilidad del otro estaba a media asta, así que su primera tarea fue recuperarla para la causa. Él volvió a sentir la cálida humedad de su lengua y cerrando los ojos, volvió a su particular Nunca Jamás. Cansada de asentir, ella adelantó posiciones por la barriga, por el pecho, por el cuello, conquistando cada trozo de carne con su cuerpo. Colocó los mayestáticos pechos sobre su boca, sobre sus ojos, luego el codo – «lo vi en una película» –, para, finalmente, plantarle toda su feminidad entre los labios. La falta del aire lo trajo de vuelta, ciego con tanta carne entre sus ojos.

– Ahora, tú – le ordenó.

Y obedeció. Ella se contoneaba como una serpiente sobre él, cimbreándose, agarrándolo por las muñecas. Él sólo hacía un gesto, pero para ella era suficiente, de momento. Cuando consideró oportuno, se levantó, dejó al otro respirar, bajó unos centímetros, lo manipuló y lo introdujo en ella.

Jadeando como un animal herido, siguió su danza legendaria (él realmente no pintaba nada en todo aquel escenario). Después de terminar (él tampoco contó en aquella ocasión), desnuda, con pasitos torpes de salón, fue hasta la cocina y volvió con el tabaco y la botella de vino. Bebió un largo trago del gollete y comenzó a fumarse un cigarrillo. Cuando acabó, tras otro largo trago, se tumbó bocarriba y abriendo las piernas, medio flexionados, lo miró y dijo:

– Ahora te toca a ti, baby.

Fue así durante horas. Combates cada vez más compenetrados, jugando ya los dos, en los que ella ganaba primero y luego se dejaba ganar, seguidos de pausas de tabaco y alcohol, estúpidas confidencias y vuelta a empezar. Se durmió en un punto olvidado de la noche, llenando los pulmones hasta el mareo del espeso aire pestilente que se había adueñado de la habitación.

Cuando despertó, ella ya no estaba. Débiles rayos de sol no se atrevían a rozar su cara, tímidos, quizá asqueados por el olor. Al aturdimiento inicial de la nueva mañana, al asqueroso tacto de las sábanas acartonadas, a los recuerdos que se amontonaban como las colillas del cenicero, a la fatiga, al insoportable hedor bucal y a la duda de la soledad no esperada, debía añadir un casi olvidado sentimiento de paz interior, de estúpida alegría. Abrió los brazos en la cama como un Jesús cualquiera y mirando al techo, comenzó a reír.

Era domingo y tenía su historia. Lo que viniera después le traía realmente sin cuidado.

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