La mosca aturdida (Raúl Rubio Millares)

Volaba la mosca, tranquila, paciente, por el aire espeso de la noche del verano. Volaba la mosca sin rumbo fijo, como vuelan las moscas, atraídas por ciertos aromas, ciertos olores, no sé, quién sabe, tendría que ser una mosca para saber qué atrae concretamente la atención de una mosca. En fin, que eso, que volaba la mosca a su antojo cuando se encontró con una turbulencia en el camino.

En mitad del cielo de la mosca apareció una enorme nube, una enorme nube para la mosca, porque en otras realidades no sería más que una simple bocanada de humo, nada más, pero estamos en la perspectiva de la mosca, estamos intentando situarnos en la realidad de esa mosca que vuela, nuestra mosca.

Y desde esa realidad nos enfrentamos a una inmesa nube que lo envuelve todo, que se apodera del universo de la mosca.

Como si llegara directamente del infierno, cuando esa nube se había casi disipado, otra enorme cantidad de bruma se acerca por la retaguardia, avanza, llega y se adueña del espacio que la otra había abandonado, rodeando a la mosca.

Durante un espacio de tiempo desconocido en la realidad de la mosca, pero que se asemejó bastante a una eternidad, y que en otras realidades se asemejaría de manera importante a los cinco minutos, la mosca fue vapuleada, vez tras vez, a intervalos continuos, por esas puñaladas de aire.

Cuando todo pasó, cuando por fin el espacio quedó diáfano, vuelto a su normalidad, la mosca se sintió mareada, o eso es lo que podría parecer desde nuestra mirada. Buscó con afán un lugar donde apoyar sus patas, y una vez encontrado, sintió la extraña necesidad de quedarse por un momento parada.

Lástima que ese momento de reposo lo encontró en un cenicero de aguas negras y colillas desbaratadas, y cabezabajo. El reposo de la mosca. Podrían decir que esa situación es normal para una mosca; y es cierto, quiero decir, puede que sea cierto. Como ya mencioné, haría falta ser una mosca para sentir su mundo. Pero puedo asegurar que esa mosca sufría su nueva condición, y lo puedo asegurar por sus reacciones. Esa mosca, se mantuvo en la misma posición durante minutos, muchos minutos, limitando sus movimientos a un instintivo frotar de alas.

Cuando decidió moverse, sobrevoló el pequeño espacio que separaba al cenicero de mi hombro y se posó, con extrema delicadeza, en él. Sentí sus patas sobre mi piel no como una incomoda cosquilla, que suele ser lo habitual, sino como un ligero toque de atención, una llamada, como el niño que apenas se atreve a comprobar si su padre sigue durmiendo la siesta, como el adolescente que empuja sigilosamente la puerta del cuarto de baño mientras su prima se ducha. Esa, justo esa presión.

Sería un tópico giro literario escribir ahora que la mosca habló. Creo que es lo que esperan muchos, algunos, seamos modestos; yo mismo, para qué engañarnos. De esta manera entraríamos en el terreno de juego de los maestros, empezando por Franz, pasando por Jorge Luis, Julio y todo lo demás. Pero esta noche me ha hablado Roberto, y él no se permitía jugar en esos campos. Sigue siendo todo más bien distinto.

Claro, por supuesto que podría decir que la mosca habló, que me preguntó qué coño había sido eso, que quién era esa gente que hablaba en la pantalla. Claro que podría. Que charlamos sobre el tiempo, sobre la percepción de las cosas, sobre la suerte y su opuesta, sobre la Justicia, sobre la muerte. Incluso podría llegar a escribir que aquella mosca y yo mantuvimos un interesante intercambio de opiniones sobre la teoría de la caverna de Platón.

Pero eso sería ficcionar, y no es el caso. La realidad sigue siendo peor. Porque la mosca, aquella mosca que apareció cortando el aire caliente en una noche de verano, se limitó a posarse en mi hombro, y yo la miré, y al verla, sentí como si con sus ojos, su equipo entero de ojos, intentará establecer una comunicación conmigo, que lo lograba, y que su mensaje simplemente decía: algún día probaré tu carne.

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