La Monalisa es Linda Lovelace (Miguel Ángel Lizaranzu)

Aparece la Duquesa de Malba empalada en una estaca gigantesca. Es llevada a pulso por dos mil jornaleros andaluces mientras se la pasan de mano en mano y jalean el nombre de “zorra” a grandes voces.

Hoy hay fiesta en el corral, cuando la quemen piensan dirigir sus pasos hacia el edificio de la Junta. La siguiente víctima tiene hidrocefalia y una marcada dislexia al pronunciar más de dos palabras seguidas.

Un niño escupe encima de un insecto de gran abdomen negro. El niño le llama “chupasangres”, el bicho se retuerce y da vueltas sobre su propio eje, le duele la saliva… Cuando el niño se cansa de putearlo, lo pisa. Un líquido espeso y naranja mancha sus zapatillas y el gris de la arena. El niño se va silbando.

Señor Insecto: que se jodan todas las palabras…

Llegan a la sala de operaciones los anestesistas, llevan grandes epidurales, el paciente se pone nervioso. Los anestesistas y el cirujano se preparan para trabajar, cuentan chistes al paciente para que se relaje.

Cirujano: … me llega el otro día un paciente y me pregunta: “doctor, ¿qué fue lo que me dijo que tenía?, ¿géminis?, ¿capricornio?… ¿tauro quizás?… y yo le dije: “cáncer, querido amigo, cáncer”…

Los anestesistas se descojonan, pero el paciente no parece relajarse lo más mínimo, es más, a pesar de llevar dos días sin comer, se caga encima, una extraña pus líquido- amarillenta moja las sábanas ásperas de la mesa del quirófano. Los anestesistas lo ven gracioso.

Anestesista uno: en el fondo somos todos lo mismo… maquinillas de hacer mierda…

El eco salpica de asco los intestinos del paciente. El canijo es un tipo curioso. Un imbécil que se lee un par de libros de autoayuda por semana. Un muerto viviente que de todo opina sin tener ni puta la idea. Vive en la sala de espera, y gusta de presentarse en sociedad como alguien imprescindible, como si la ausencia de su persona durante unos instantes en la sala fuese a provocar una hecatombe. El final del mundo.

Se hace de rogar el canijo, algunos le gritan para que los deje en paz. Pero el canijo se piensa necesario, piensa eternamente en positivo, tiene jodido el cerebro y necesita su dosis de litio para saber que existe y que juzga y que hace el bien a todos los que le rodean… aquellos que lo ponen en duda, son malas influencias que no merecen la pena. La gente negativa que se quede al otro lado del canijo

Señor Insecto: que se jodan todas las palabras…

Anestesista dos: señor paciente, ya sé que estamos en agosto, pero con lo que usted lleva e la sangre… ¡espero que ya le hayan visitado los reyes magos…!

La risa siempre es sana en sanatorios de estas características, necesaria, imprescindible, te puedes morir tranquilo que el mundo no se va a acordar de ti. Los doctores lo saben, por eso son tan fríos. En una ocasión, en este hospital, un paciente llegó con un uñero, los médicos le hicieron firmar un documento por si la cosa iba a más y el hombre se moría entre espasmos y gritos. Por supuesto, tan solo era un padrastro de mierda. Se curan en salud por si acaso, mientras, se pican sus medicinas en la vena más gorda del cipote. Entre sujetadores sudados y bragas dadas de sí.

Los niños vienen a comprar sus dosis a la puerta. Los niños son de lo más débil. Follar con ellos es tan difícil como comprar cerveza en un supermercado. Roberto Escena, el vendedor de esclavos lo sabía. Prostituía a sus hijos sin cobrar dinero por ello, con la única condición de presenciar las escenas y poder grabarlas en cámara formato mini- dv. Luego, descargaba las grabaciones en internet y pedía los números de serie de las tarjetas de crédito de sus supuestos clientes. Sabio y asqueroso, Roberto Escena, y los pobres culos escocidos de sus hijos menores de edad…

Cirujano: ¿saben aquel que diu…? que llega un hombre todo flaco y hambriento, famélico perdido, y pregunta… –una voz de megáfono le corta la broma:

-“Doctor cirujano, acuda a la sala- tanatorio, su madre acaba de fallecer…”

El doctor resopla y se toma la jodienda con resignación. Se quita la mascarilla y deja al paciente a su libre albedrío.

Cirujano: lo siento, señor paciente, me urgen otro tipo de cadáveres… Pero el paciente se queda a medias con el chiste del doctor, sabe que su muerte es inevitable, aún así, le fastidia que le dejen la gracia partida por la mitad, tanta profesionalidad falta al respeto. “Que le den por culo al chiste y al doctor Benway…”, piensa. Los anestesistas se frotan las manos porque el doctor se ha dejado a solas en la misma estancia a dos buitres y a un pedazo de carroña. El paciente ya no sabe ni llorar. Los anestesistas sonríen como hienas, clavan sus jeringuillas en las pupilas de los ojos del paciente, las mueven hacia los lados y hacia dentro. El paciente gime de resignación. Los émbolos de las hipodérmicas vacían un caldo parecido a la orina en el interior de sus ojos. Duele, escuece. Los anestesistas apuñalan con fuerza lo que queda de las córneas del paciente….

La chusma por fin ha terminado su primera caimada. Ahora, totalmente embrutecidos, se dirigen hacia la logia de la Junta, su segundo objetivo. La policía no puede detenerlos. Ninguno de ellos ha esnifado la suficiente cocaína y se les va la fuerza por el culo. No se justifica a la chusma, se hacen valer por sí mismos. Por sí solos. El presidente intenta agachar la cabeza, esconderla, cosa que le cuesta, no existe espacio físico en el Mundo que oculte a tal cráneo. Los jornaleros andaluces, cansados de señoritos y de botas en la boca, de que la peña se partan el ojete a su costa. Van a vengarse de la leyenda negra de “vagos” que, catalanes, vascos, gallegos, asturianos, cántabros, manchegos, castellanos y extremeños han depositado sobre sus ombligos. Van a seguir igual de jodidos, pero disfrutarán chupándole los pelos del coño al Diablo. Los pelos del coño del Diablo son rojos. El pescuezo de los mártires no da a los capullos más que dedos a chupar… Una vez cometido el crimen, a nadie le quedan huevos para continuar, todos intentan suicidarse… ¿serán gilipollas?. Los restos de la Duquesa terminan de arder en silencio. No se ha hecho justicia, pero sí quizás un buen chiste, algo que los cirujanos y anestesistas de los hospitales de las salas de espera jamás serán capaces de comprender.

Señor Insecto: que se joda el relato.

Los anestesistas empujan la camilla del paciente camino de la morgue. A pesar de estar cubierto el cuerpo por la sábana sucia de fluidos corporales, todavía se divisa la silueta de las dos jeringuillas clavadas en los ojos.

Anestesista uno: ¿adornamos la estancia con música celta?, en el tanatorio del amor hay “juke-box”, peticiones para todos: reague, punk, pop, rock, mariconadas varias…

Anestesista dos: ¡písate tus propias pelotas!- los anestesistas sonríen- ponte algo de jazz…

Llega el doctor forense a la morgue, introduce un par de monedas y selecciona su canción, una que a él le suena bien.

Doctor forense: aquí se escucha lo que a mí me salga de los huevos.

En la máquina de discos empieza a sonar “El funeral por la reina Mary”.

Doctor forense: vamos a empezar con la autopsia.

Los anestesistas destapan la sábana sucia, pero en lugar del cadáver del paciente, aparece el cuerpo sin vida del presidente de la Junta con dos enormes estacas atravesando sus globos oculares.

Doctor forense: ¡este si que es bueno! Los anestesistas y el doctor ríen de manera demente. En el informe de la autopsia, en el apartado que reza “causa de la muerte”, el doctor escribe “por mérito propio” y los dos anestesistas lo firman con su propia sangre justo debajo. Unas carcajadas de horror llenan los pasillos del pabellón.

En la cafetería del hospital, alguien se ha olvidado a un pequeño mono sujeto por una correa al cuello que a su vez esta atada a la pata de una de las mesas. Al principio, el animal llama la atención y provoca la simpatía de los clientes que desayunan en el lugar, pero en cuanto el homínido en cuestión comienza a masturbarse, las risas se paran de golpe y el mono ( al que llamaremos Manolito) se casca la polla de un modo violento y desvergonzado. No para de correrse en los cafés con leches de los clientes, haciéndolos más cremosos, dándoles un sabor especial a capuchino radioactivo, eyaculando en las tostadas, en las medianas y en las enteras. Manolito chilla como los cabrones histéricos que suelen ser los de su calaña, y cuando termina con una paja, empieza con otra, así durante dos largas horas, parece como si su escroto y su próstata no tuvieran fin, hasta que uno de los camareros le abre la cabeza con una bandeja redonda de metal y lo remata a pisotones. Los clientes de la cafetería, salpicados de semen, sangre y trocitos de sesos de Manolito, aplauden al camarero que saluda igual que los actores al final de una función de teatro.

Señor Insecto: que se joda el argumento.

Fuera del recinto, “los proletas” corren despavoridos en diferentes direcciones. Ha llegado el ejército y están repartiendo leña. Estos no se andan con chiquitas. No se toman prisioneros.

Entre hostia y hostia, los doctores hacen sus apuestas desde detrás de las ventanas de sus despachos. Alguien terminará haciendo triples turnos en urgencias… Los soldados cargan “a la carga”, golpean con fuerza, disparan al aire botes de gas lacrimógeno. Crujen los huesos del cráneo. Las costillas se hunden en los pulmones. Los coños se hacen pepsi-cola. Los testículos se ocultan en las gargantas. Las pollas dejan de existir.

Cerca del hospital, a dos pasos de la masacre caníbal del ejército con sus conciudadanos, hoy, en la “Feria internacional del Incesto”, hay invitados especiales: Las dos princesas etíopes. Ellas serán las encargadas de dar la conferencia sobre la jodienda sin condón patrocinada por la iglesia católica. Hablarán sobre las bondades y ventajas de adquirir el SIDA y transmitirlo a tus semejantes: el exterminio absoluto de la raza humana.

Las dos princesas etíopes vienen con andadores especiales para poder mantenerse erguidas, sin embargo dibujan una sonrisa irónica en sus caras que habla de venganzas universales. El obispo de Canterbury las escolta hasta el atril del estrado. Cuando comienzan a hablar las familias dejan de follar entre sí y poco a poco desalojan la carpa de orgías para dirigir sus pasos hasta la zona habituada para los discursos. Allí atienden a las palabras de las princesas.

Las dos princesas etíopes: hola, somos las dos princesas etíopes y tenemos el SIDA.

Una gran ovación, aplausos y vítores. Las princesas etíopes se miran entre sí sonriendo con complicidad.

Las dos princesas etíopes: sin el pan, lo único que nos queda son los movimientos de caderas. Sin el pan no hay nutrientes. No hay cerebro. En nuestro país nos alimentamos de arroz con leche y de agua estancada. Nos reproducimos como las cucarachas y nos pasamos las enfermedades venéreas de generación en generación. Así lo quiere dios y así grita el rebaño:

El rebaño: ¡AAAAMÉN!

El público aplaude hasta que se le caen las manos.

El señor Insecto: que se joda la continuidad.

El canijo hace la función de recepcionista en la puerta de entrada al hospital. Atiende a todos los heridos en la manifestación. Les da la bienvenida según los bajan en camilla de las ambulancias.

El canijo: buenos días a todos, soy Karonte, (se baja la cremallera y les enseña el cipote) y este es el Cancerbero… ¡ja!, ¡ja, ja, ja, ja, ja ,ja!

Algunos ni siquiera pueden hablar, pero todavía piensan: “qué te jodan, cabrón…” Las cosa aún pueden ir a peor. Uno de los heridos le da al canijo con el suero en la cabeza. El canijo llora de dolor. Los ats se frotan las manos. Todos en el hospital le tienen ganas al canijo.

Ats: ven con nosotros, no te preocupes… esto va a ser como la picadilla de un tábano…

El canijo solloza, pero lo hace de manera positiva.

Señor Insecto: que se jodan, que se jodan, que se jodan, ¡qué se jodan todas las palabras!

Muere el señor insecto. Revienta. Al entierro no acude casi nadie, cantan los asistentes la siguiente canción:

“Chupa dedos se murió, lo llevaron a enterrar, entre cuatro cigarrones un cura y un sacristán…”

Las dos princesas etíopes llevan ya tres cuartos de hora de discurso. El pabellón se quiere venir abajo. El obispo de Canterbury bosteza. Alguien le lanza un tomate y el obispo se caga en Dios. Una vez terminada la conferencia se hace una quema popular de preservativos. Los hay de todos los colores, sabores y tamaños: rugosos, con estrías, ultra- sensibles, con espermicida, sin él… El humo de la goma quemada puede olerse a kilómetros de distancia. El pestazo a ponzoña del látex ardiendo, entra en los débiles pulmones de las princesas etíopes y caen fulminadas al suelo. La falta de defensas en sus organismos hace el resto. La muchedumbre de familias incestuosas-católicas-apostólicas y romanas se comen los restos de sus anfitrionas. El obispo, para celebrarlo, se deja sodomizar por uno de los perros de las familias. Roberto Escena graba el pastel en su mini-dv. Sencillamente irresistible.

Los soldados del ejército, una vez terminada su tarea, pasan al bar del hospital para tomarse unas cañas. Dos mil soldados en cincuenta metros cuadrados. Todavía quedan los restos de semen y de sangre de Manolito. A los camareros se les acaba el barril. Enganchan otro al grifo y continúan sirviendo a Diestro y Siniestro, el cabo y el capitán de la compañía. Ellos se encargan de administrar la bebida entre el resto de la tropa. Algunos se encabronan por la mezcla de alcohol en la sangre y se meten en la cocina, intentan violar a las cocineras, pero el capitán interviene y pone orden en la tropa.

Capitán: aquí no se va a violar a nadie. Antes que vosotros, chusma impresentable, estamos el cabo y yo. Así que iros poniendo a la cola.

Los soldados obedecen, y el capitán y el cabo botan la nave. El camarero que asesinó a Manolito con una bandeja redonda de metal, empieza a masturbarse contemplando la escena. Las cocineras son su madre y su hermana.

Al canijo lo han crucificado en la plancha de los rayos- x, a puerta cerrada. Los ats han llamado a sus coleguitas los anestesistas, y juntos juegan a Guillermo Tell con los ojos del canijo. Le han jodido el hígado y el bazo con sus aguijonazos y su mala puntería. Un ats bobalicón no para de repetir la misma frase.

Ats bobalicón: …es como la picadilla de un tábano…je-je, como la picadilla de un tábano… e-je…

Los ojos del canijo no lloran. Sonríen de amabilidad. Su sufrimiento es ridículo, el sufrimiento de un mártir. Uno de los anestesistas le acierta en toda la pupila, ellos son más profesionales y precisos que sus coleguitas los ats… Los hilillos de sangre que bajan por el cuerpo del canijo, forman un curioso charco de sangre en el suelo. Desde la perspectiva correcta, se puede apreciar el reflejo en la sangre de los tiradores y de sus sonrisas bobaliconas exaltadas con los lanzamientos de dardo.

Se ha cerrado la Feria internacional del Incesto. Saldo a su favor: dos víctimas. Gana la Banca. Gana la Banca. El perro hace ya un rato que se ha corrido en el culo del obispo. El obispo le acaricia el pecho. Algo se inmiscuye en los oídos del mundo en su totalidad:

“Ángel terrenal, ángel terrenal, ¿quieres ser mi chica?”

Comienza a sonar en los altavoces de todas las salas, de todos los pabellones, incluida la cafetería… Las salas del hospital se visten de antaño, los doctores se agarran a sus pacientes y bailan el lento con muchísima pasión. Por unos momentos, hay una extraña tregua de silencio. Soldados y cocineras, camareros asesinos y trocitos de sesos de Manolito, Doctores Cirujanos y anestesistas, Roberto Escena y sus hijos, Jornaleros andaluces heridos y los restos chamuscados de la Duquesa de Malba, el canijo y los ats,

“Te quiero tanto, te quiero por siempre”…

“Soy solo un tonto… un tonto enamorado… de tíiiiiiiiiiii”

Terminan los últimos compases de la pieza y todo vuelve a la normalidad, apuñalamientos, odio, escupitajos, violaciones y demás pendejadas…

El mundo en el hospital y fuera de él es así de chungo. Unas veces sale bien, otras peor. Puedes hacer siempre lo que más quieras. Drógate, hazte un favor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *