El proceso (Franz Kafka)

Portada - Franz KafkaOcurre con ciertos libros, con aquellos que entendemos como clásicos, que durante años oímos hablar de ellos, oímos lugares comunes, tópicos, que hacen referencia al contenido de su historia, a algunas partes del texto, y que de tan familiarizados que creemos estar con ellos, llegamos a pensar que no necesitamos leerlos; o quizá no tanto, pero sí que son una eterna lectura pospuesta. Sin embargo, el encuentro con estas obras sigue siendo indispensable, el contacto personal, lejos de teorías críticas, de estudios fundamentales, de tesis doctorales, etc. Apelo a nuestro simple juicio como lectores.

“Alguien debía de haber hablado mal de Josef K., puesto que, sin que hubiera hecho nada malo, una mañana lo arrestaron”.

Así comienza una de estas obras que he mencionado: El proceso de Franz Kakfa. Pretendí enfrentarme al texto de la forma más “inocente” posible, evitando artículos, estudios preliminares, etc. Pretendí enfrentarme al texto para intentar llegar a la esencia que lo ha convertido en un clásico, en una obra maestra.

La novela se estructura en diez capítulos que transcurren en menos de un año. La mañana en que cumple treinta años, Josef K. despierta arrestado en su propia casa. Uno de los agentes le dice a K.:

“El proceso acaba de iniciarse y se enterará de todo a su debido tiempo”.

Es una promesa que se arrastra a lo largo de la narración.

Durante ese tiempo, K. se empeña en luchar contra ese sistema que lo ha juzgado culpable sin más, lucha por defender su inocencia, pero se topa contra un entramado burocrático que nos hace recordar nuestro presente, cada vez que nos vemos en la problemática de tener que realizar algún trámite.

Este proceso lleva a K. por lugares asfixiantes; Kafka es un maestro en la construcción de atmósferas cargadas, en laberintos, en escenas que sobrecogen al propio lector y lo mantienen en un estado de permanente agitación. Tres ejemplos:

“Jamás hubiera concebido por sí mismo la idea de que pudiera llamarse estudio a esa pequeña habitación. Apenas podían darse aquí a lo largo y a lo ancho más de dos pasos largos […] El aire de la habitación se le había ido haciendo poco a poco más opresivo […] el bochorno de la habitación era inexplicable” (páginas 198-201).

“K. se dirigió hacia la escalera para ir hacia la sala de interrogatorios, pero entonces se detuvo de nuevo, porque además de esa escalera vio en el patio otras tres escaleras diferentes y, además, un pequeño pasillo al final del patio parecía conducir a un segundo patio” (página 97).

“Estaba muy claro y no había escapatoria; gritó: «¡Josef K.! »

K. se detuvo y miró al suelo. De momento seguía siendo libre, aún podía seguir adelante y salir de allí por una de las tres puertas de madera, pequeñas y oscuras, que no estaban muy lejos de él” (página 258).

En este reflejo de la indefensión del individuo frente al sistema (con la que, insisto, podemos llegar a identificarnos), al final… No, no voy a mencionar el final. Invito a aquellos que no lo hayan hecho aún a adentrarse en la inquietante historia de Josef K. Quién sabe si alguna vez, a lo largo de nuestra vida, debamos enfrentarnos a un proceso parecido…

Y para el resto del aparato teórico respecto a la obra, de las teorías e interpretaciones, de las notas biográficas, recomiendo la edición de Isabel Hernández, acertado trabajo tanto en la documentación como en la traducción.

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