El pez volador. Antología de cuentos (Hipólito G. Navarro)

Portada - El pez voladorSe dice que la ignorancia es atrevida. Como yo soy un ignorante me atrevo a conjeturar una hipótesis sobre un tema tan profundo como la literatura (osadía que causará repulsa a más de uno): existen autores que neutralizan, que opacan las capacidades inventivas de los lectores, que establecen barreras nítidas entre las categorías que cada uno representan; y existen otros autores que provocan justo lo contrario, que tienden tableros de madera entre las ventanas del que escribe y del que lee, que persiguen el intercambio, el juego, que estimulan las neuronas de los lectores y de forma silenciosa les extienden una invitación para que se lancen ellos a la aventura de escribir. Sin lugar a dudas, Hipólito G. Navarro es uno de estos últimos.

El descubrimiento de los cuentos de Hipólito supone una reconciliación con la vida, una ráfaga de colores entre tanta existencia gris, el descubrimiento del pez volador, como dice Javier Sáez de Ibarra, la metáfora perfecta de toda su narrativa breve.

La aventurada hipótesis de ignorante que he expuesto queda refrendada por las propias palabras de Hipólito, que dice que la lectura de los cuentistas latinoamericanos le pusieron la imaginación a mil, volvieron inevitable el paso de un papel al otro en la comunicación literaria. Y para muestra de todo esto sólo hace falta empaparse de esta antología, «El pez volador» (no podía ser de otra manera).

Puede surgir una duda: ¿qué aporta de nuevo este libro, cuando los cuentos que recoge ya están en «Los últimos percances»? Para aquellos que seguimos la obra de Hipólito la pregunta sobra; para todos los demás, ahí van tres poderosas razones para adquirir «El pez volador»:

1. Las magníficas quince páginas que preceden a los cuentos fruto del trabajo estupendo del editor, Javier Sáez de Ibarra. Todavía hay gente que confunde calidad con cantidad, que pesa la intelectualidad; yo, aunque soy un ignorante, creo que es muchísimo más complicado saber decir con el número exacto de palabras aquello que se quiere decir, ni más ni menos. Y este prólogo es así, conciso, claro, sencillamente profundo. Dividido en siete partes, Sáez de Ibarra nos introduce en el Hipoliniverso, con la habilidad de presentarnos la obra y el autor sin pisar el goce de la lectura, sin adelantar datos que será mejor descubrir por uno mismo. No pretende Sáez de Ibarra lucir erudición ni robar protagonismo; pero con esa actitud se convierte en un pilar básico del conjunto.

2. La nueva disposición de los cuentos. Quien haya leído «Los últimos percances» se habrá ido encontrando estos veinte cuentos esparcidos por el tiempo y el espacio del libro; aquí se encuentra con una relación distinta, y en ese contacto nuevo de los textos, producen sensaciones diferentes. Al releerlos, uno siente nuevos chispazos extraordinarios, nuevos aguijonazos del maestro que en su momento no supo (o no pudo) captar.

Divididos en tres grandes secciones (Inmersiones, Saltos, Vuelos, cada una correspondiente a uno de los movimientos del pez volador, como explica Sáez de Ibarra), estamos ante veinte joyas de la narrativa breve en español, entre las que destaco “Meditaciones del vampiro”, “Las notas vicarias”, “Los frutos más dulces”, “Inconvenientes de la talla L”, “El aburrimiento, Lester”, “Ni a trescientos metros de las acacias”, “Con los cordones desatados, a ninguna parte”, “Tres trillizas torres” o el que da nombre al conjunto, “Sucedáneo: pez volador”. Singularidades dentro del panorama cuentístico hecho en español.

3. La entrevista final, realizada por Sáez de Ibarra. Como soy un ignorante, pienso que el biografismo no es indispensable en la literatura, que para deleitarnos con el Quijote no es necesario saber que Cervantes era manco; sin embargo, estoy totalmente de acuerdo con Sáez de Ibarra cuando escribe que las palabras de Hipólito en la entrevista dan muchas claves de su obra y ayudan a que el lector “alcance una visión más profunda […] enriquecerá su expectativa y abrirá su sensibilidad al disfrute”. Y además, si bien es cierto que muchas veces es mejor no saber nada del que escribe (pues ese conocimiento personal puede provocar el rechazo instantáneo de su obra), el ser humano Hipólito González Navarro se muestra como alguien que es digno de admirar, más allá de lo que escriba su alter ego de la G.

En esta época de sombríos con ceño fruncido que no se permiten el lujo de sonreír, que censuran la mirada alegre de la vida (a pesar de todas las desgracias que nos rodean), «El pez volador» supone una cosquilla a tiempo, un guiño malicioso y cómplice, una invitación a huir de la existencia mediocre en un refugio propio en el que podamos ser lo que nos apetezca, donde podamos desterrar el aburrimiento y fantasear. No es superficialidad, es una actitud valiente con la vida, con la literatura. Que se queden ellos con esa exitencia gris, yo ya me estoy preparando una bañera de emergencia que no me cure de mi feliz ignorancia.

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