El palacio de la luna (Paul Auster)

Portada - El palacio de la lunaLa creciente popularidad de Paul Auster en nuestro país no es casual. Desde que en 2006 recibiera el Príncipe de Asturias las cosas no han hecho más que mejorar para el neoyorkino, autor de grandes obras como La trilogía de Nueva York, Leviatán o Brooklyn Follies. Su estilo narrativo se caracteriza por una gran sencillez a la hora de presentar los hechos, sencillez que enmascara una compleja arquitectura narrativa donde habitan las historias anidadas, las referencias a otros libros y escritores, conceptos tan universales como la búsqueda de identidad y la soledad del ser humano, y reflexiones transversales acerca del destino. Pero es el azar quien caracteriza con mayor fuerza sus obras, el verdadero hilo conductor que las dota de una fuerte personalidad que actúa como feroz gancho en el lector.

Es esto justamente lo que ocurre en El palacio de la luna. Tras cada página nos aguarda un giro inesperado que nos sitúa a kilómetros de distancia del que, hasta ese momento, creíamos era el argumento principal. El protagonista, Marco Stanley Fogg, nos relata los extraños sucesos que le llevaron a conocer a su padre, después de tocar fondo y verse obligado a abandonar su apartamento, vivir y dormir en mitad de un parque, ser rescatado por una chica oriental llamada Kitty Wu y comenzar a trabajar finalmente para un viejo en silla de ruedas. Se trata de una historia de encuentros y revelaciones, una fabulosa historia como la vida misma, donde nada es de esperar. “Si la vida era una historia, como solía decir el tío Victor, y cada hombre era el autor de su propia historia, entonces yo me la iba inventando sobre la marcha.”

Uno de los aspectos más interesantes de la novela radica en los pequeños fragmentos metaliterarios que Paul Auster nos brinda, en la línea de otros autores como el chileno Roberto Bolaño. “Cuando me daba la vena, pasaba noches enteras en los bares, fumando y bebiendo como si quisiera matarme, citando versos de poetas menores del siglo XVI y oscuras frases medievales, y haciendo todo lo posible por impresionar a mis amigos. Los dieciocho años es una edad terrible […].”

Otra curiosa muestra metaliteraria la encontramos cuando, después de haber convertido cajas de libros en muebles para su apartamento, Fogg se ve obligado a malvenderlas para poder sobrevivir: “A medida que vendía los libros, mi apartamento iba experimentando muchos cambios. Era inevitable, ya que cada vez que abría una nueva caja, simultáneamente destruía un mueble. Mi cama quedó desmantelada, mis sillas se fueron encogiendo hasta que desaparecieron, mi mesa de trabajo se atrofió hasta dejar un espacio vacío. Mi vida se había convertido en un cero creciente, algo que podía incluso ver: un vacío palpable, floreciente […] La habitación era una máquina que medía mi situación: cuánto quedaba de mí, cuánto se había ido […] Podía seguir el proceso de mi propio descuartizamiento. Pedazo a pedazo, me veía desaparecer.”

La idea de que nada está decidido y que los hechos pueden variar bruscamente en cuestión de segundos es una constante a lo largo de toda la obra; el final de un camino no es sino el comienzo de otro. “Sentía que una vez que llegara al fin del continente hallaría respuesta a una importante pregunta. No tenía ni idea de cuál era esa pregunta, pero la respuesta la habían ido formando mis pasos y sólo tenía que seguir andando para saber que me había dejado atrás a mí mismo, que ya no era la persona que había sido”.

Marco Stanley Fogg reúne la esencia del viajero infinito (Phileas Fogg), el ímpetu del explorador infatigable (Henry Morton Stanley) y el espíritu del descubridor de nuevas rutas (Marco Polo), que guiado por la pluma de Auster, nos muestra que al final de cada renglón nos aguarda un punto y seguido, y que “[…] si no estás preparado para todo, no estás preparado para nada”.

2 respuesta a “El palacio de la luna (Paul Auster)”

  1. Es un libro que recuerdo de vez en cuando, alguna imagen, alguna reflexión. Sobre todo me dejó impresión el personaje del padre. Muy recomendable.

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