El novelista perplejo (Rafael Chirbes)

Portada - El novelista perplejoHace relativamente poco tiempo que supe de este autor. Fue a través de un programa de televisión donde habló con los lectores sobre su última novela, Crematorio. Me cautivó la forma tan poco políticamente correcta (que no incorrecta) que tuvo de expresarse, esa honestidad y contundencia cruda con que decía lo que pensaba, algo tan poco habitual en estos tiempos y estas tiempas.

Esa intervención hizo que lo buscara en sus libros, y encontré La buena letra. Leí la novela en una tarde y quedé para siempre atrapado. En ese juego de búsquedas topé con otra novela excepcional, Los viejos amigos, y con este magnífico libro, El novelista perplejo, definido por el propio autor como “media docena de charlas pronunciadas a lo largo de los últimos años y unos cuantos escritos sobre autores y libros” (p. 7). ¿Qué autores y qué libros? Responde Chirbes:

“En todos los casos, se trata de colaboraciones que he aceptado en la medida en que me permitían poner por escrito preocupaciones sobre mi propia relación con la literatura y el arte […] Creo que puedo decir sin equivocarme demasiado que todos los textos de este libro están marcados por la voluntad de encontrar cuál pueda ser el sentido de la escritura y que podrían resumirse en dos preguntas fundamentales: por qué se escribe y para qué se escribe” (página 8).

Me enfrento ahora con un problema: ¿cómo sintetizar en este breve espacio aquello que ofrece Chirbes en sus páginas? Es para mí un problema porque cada frase, cada párrafo de El novelista perplejo, no sólo debe ser leído con extrema atención, sino que exige ser releído, pues entre sus signos se encierra una reflexión poderosa que se clava como un cuchillo en el espacio que media entre el intelecto y las entrañas, una herida lúcida para aquellos que disfrutamos de la literatura desde la posición de lector, de autor, o de ambas.

Ante esta situación, me limitaré a centrarme en el que considero el tema principal que refleja y a citar textualmente las contundentes palabras de Chirbes, simples esbozos que tendrán como propósito explícito incitar a la lectura de este espléndido libro.

Este tema, este núcleo central de los textos, es la literatura. Chirbes reconoce que “el peso de la literatura en la formación de la sensibilidad colectiva haya decrecido actualmente”, pero también destaca cómo en los libros de historia se nos ha hecho ver de forma desproporcionada el papel del arte en la sociedad:

“Se limitara al escaso grupo de consumidores de las distintas artes, que apenas rebasaba el ámbito de la élite encargada de mantener los códigos del gusto” (página 14).

¿Y hoy? ¿Qué papel desempeña en nuestra sociedad? De forma valiente señala:

“Se diría que la sociedad contemporánea carece de fisuras, o que se ha vacunado contra el virus del arte, devorando inmune incluso aquello que, en apariencia, podría minar sus cimientos” (página 15). “Hoy, la literatura, y en concreto la novela, se ha convertido en una esclava del promiscuo harén de los que se conocen como grandes grupos mediáticos […] los propios novelistas acaban convirtiéndose en trabajadores, en felices obreros asalariados de esos grupos, escribiendo como columnistas en sus periódicos, asesorando sus editoriales, animando sus programas de radio y televisión” (páginas 18-19).

“De ese modo, resulta que un libro y un autor son, en el nuevo escenario, lo que se dice del uno y del otro en sociedad, y ese decir se lleva a cabo a través de la multiplicadora red de los grupos editoriales” (página 24).

Chirbes, que se sabe no mediático, incómodo para esos grandes grupos, desde la reflexión realiza su crítica, alzando la voz pero sin llegar al grito, penetrando en los rincones de la mente. No apela a la sangre y al insulto fácil. Una nueva lección.

A pesar de este panorama, señala las razones (o la razón) para escribir en esta sociedad, volviendo la mirada al pasado:

“Cada época produce su propia injusticia y necesita su propia investigación, su propia acta” (página 35).

“La urgencia por contar algo, que casi nunca es más que un malestar conmigo mismo, un desorden interno – que tiene que ver con el desorden que me rodea, y del que siento que formo, de algún modo, parte -, se impone” (página 69).

Además, Chirbes defiende su visión del arte en general y de la literatura en particular a través de la obra de otros: como Borges, se enorgullece de sus lecturas (Pilniak, Ford Madox Ford, Marsé, Juan Eduardo Zúñiga, Aub, sobre todo Aub), pero tiende lazos con otras artes, como refleja el ensayo “La resurrección de la carne”, donde a través de sus impresiones sobre la obra del pintor Francis Bacon refleja su opinión sobre el realismo y contra aquellos que lo critican.

Y dentro de la literatura, centra el foco de su atención en la novela; por ejemplo, en “El punto de vista”, donde de forma sincera y clara medita, y nos hace meditar, sobre qué es la novela, partiendo de la definición del DRAE y de los “árbitros de la convención”:

“Yo leo novelas a las que me cuesta darles ese nombre […] o que me parecen tan malas que no merece la pena discutir […] y, en cambio, otros dicen lo propio de las mías a las que consideran pastiches pasados de moda” (página 75).

“Toda novela tiene la obligación de ser una obra maestra, no en el sentido metafísico y trascendente […] sino en el sentido más puramente artesanal […] cualquier novela contemporánea tiene la obligación de llevar incorporado el saber novelesco y la reflexión en torno a ese saber de cuantas la han precedido” (página 78).

“La originalidad en la escritura sólo puede surgir de la reflexión acerca de cuantos escribieron antes que nosotros. Se escribe desde lo que se ha escrito” (página 80).

“Mal soporte para la tesis de la revolución literaria en el ámbito del lenguaje si, a la hora de la verdad, la calidad de los textos podía depender de la posición de sus autores con respecto a una revolución política” (página 153).

En definitiva, siento El novelista perplejo como un ejercicio recomendable de reflexión, una puesta en común con una persona que no se corta, que habla claro, que no se derrite bajo el calor de los focos mediáticos, una charla lúcida con una persona de la que podemos aprender no sólo por lo que dice sino por cómo lo dice, un hombre con una actitud que cuesta encontrar en estos días:

“En la literatura, me comporto como en la vida: tampoco en la vida he buscado hacerme amigo de los individuos que me han parecido más brillantes o más capacitados para el éxito, sino de quienes me ha parecido que cumplían ciertos rasgos de afinidad; que encarnaban determinadas virtudes que yo necesitaba más que ese brillo seductor que puede cautivar a mucha gente” (página 11).

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