El hombre ilustrado (Ray Bradbury)

Portada "El hombre ilustrado" - Ray Bradbury¿Cómo imaginas el futuro? Tal vez la pregunta resulte demasiado ambigua, probemos de otro modo. ¿Crees que el hombre será capaz de construir un futuro mejor que el presente?

Leer “El hombre ilustrado” es como montarse en un Delorean y dejarse llevar a través del tiempo, al futuro y al pasado, hacia atrás y hacia adelante. Bradbury aplica su ficción en ambas direcciones. Tan sólo debe preguntarse qué ocurriría si… y dejar que la pluma haga el resto, dejando aterrizar su imaginación en la tierra y en planetas amigos como venus o marte (este último el más querido por el autor). El futuro de Bradbury nos harán dudar de su condición como tal, un futuro que en el fondo se parece demasiado al presente y al pasado, un futuro que nos resulta familiar, en el que persisten las mismas calamidades y miserias que nos caracterizan como seres humanos. Tristeza, soledad, tortura, castigo, religión, racismo, crueldad, venganza, tragedia, muerte, destrucción, avaricia

El hombre que poblaba la Tierra en la época en que fueron escritos los cuentos, allá por los años 50, ya cargaba con estos estigmas. Pero también habrá como veremos lugar para la esperanza y el humor.

“El hombre ilustrado” narrará sus historias a través de los tatuajes que cubren su cuerpo a modo de cuentacuentos. Su propia historia será la que termine de cerrar el círculo. Con un lenguaje sencillo, directo y casi poético, Bradbury demuestra ser un gran conocedor de la naturaleza humana, prescindiendo en gran medida de artilugios modernos y escenarios fantásticos, los cuáles se deslizan sutilmente a lo largo de la obra, sin apenas entrar en detalles.

“El delicado aparato se alzaba entre el alcalde y el capitán, manejado por Martin y el asistente. La caja traducía instantáneamente cualquier idioma. Las palabras crepitaban en el aire suave de la ciudad. […]”

“Era una noche de verano, y había claro de luna, y bebíamos limonada, y nuestras manos apretaban los vasos fríos y papá leía los estereoperiódicos colocados en ese sombrero especial que uno se pone en la cabeza, y que cuando uno parpadea tres veces, vuelve las páginas microscópicas ante los lentes de aumento. […]”

Una ciencia-ficción exenta de efectismos, que cede hábilmente el protagonismo a situaciones más cotidianas, lejos de otros autores como Philip K. Dick, cuyas obras tienden raíces más profundas en ambientes futuristas. Tal vez sea aquí donde radique uno de los mayores logros de Bradbury: ficción a través de gafas sin espejos, permitirnos pasar un dedo de un lado hacia el otro sin topar con grandes obstáculos. Los actores se afanan por mejorar el escenario que les rodea olvidándose de cambiar el guión, el guión de un ser humano a veces brillante y a veces triste, con ese lastre de miserias que va paseando como un escarabajo pelotero de forma atemporal.

“Le pediré un poco de … paz y tranquilidad. –Tocó el cohete-. Hace mucho mucho tiempo… que no descanso.

-¿Ha intentado descansar alguna vez, capitán?

-No comprendo –dijo Hart.

-No importa. Adios, capitán.

-Adiós, señor Martin.”

Seremos testigos de cómo un juego de realidad virtual desplaza el espacio real de una familia a través de la pradera. A través del caleidoscopio la inminencia de un final próximo y definitivo pondrá a la misma altura de la balanza los éxitos y fracasos de un grupo de hombres. Sufriremos el azote de la larga lluvia junto a un grupo de soldados que buscarán desesperadamente el símbolo de la vida. Nadie podrá detener a un empecinado viajero espacial en su intento por seguir los pasos del hombre que ha vuelto una vez más para llenarnos de fe y esperanza. La última noche del mundo nos enseñará a dar las buenas noches antes de cerrar los ojos. Germen de Farenheit 451, acompañaremos a Poe y a su legión de desterrados en una desesperada cruzada en favor del género fantástico. La persecución a través del tiempo en el zorro y el bosque es todo un clásico del género del que continúan sirviéndose numerosas películas, algo que también ocurre con los robots humanoides de rasgos humanos en marionetas s.a. Tampoco podía faltar la clásica invasión de nuestros amigos del planeta rojo, quienes contarán con la ayuda de unos eficientes aliados en la hora cero. Me dejo alguno por el camino, pero no me gustaría terminar sin destacar, a mi humilde parecer, el más conmovedor y poético de los relatos. Hablo del cohete, una maravillosa invitación para todos los públicos, una puerta metálica trasera por la que escapar de la realidad, sucio espejo de rutinas y cadenas. El cohete supone un viaje inolvidable y emocionante, arriesgarlo todo por un sueño. El mundo será como queramos durante unas horas. Porque un hombre sin sueños no alcanzará a ver más allá de la chatarra, y nadie debería dejarse convencer de lo contrario.

“-¡Sí! ¿y tus hijos? ¿No se pasarán la vida pensando en el padre que voló hasta Marte mientras ellos se quedaban aquí? Que obsesión insensata tendrán toda su vida. No pensarán sino en cohetes. Nunca dormirán. Enfermarán de deseo. Lo mismo que tú ahora. No podrán vivir sin ese viaje. No les despiertes ese sueño, Bodoni. Déjalos seguir así, contentos de ser pobres. Vuélveles los ojos hacia tus manos, y tu chatarra, no hacia las estrellas…”

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