El dueño de su historia (Alejandro Pedregosa)

Portada - El dueño de su historiaDicen que uno no se muere del todo hasta que hayan desaparecido todas las personas que lo recuerdan a uno. Dicen que la mejor manera de evitar que se vuelvan a cometer los mismos errores que en el pasado es conociéndolos. Dicen que en los últimos años todas las novelas que se escriben en España, para que tengan éxito, tienen que relacionarse con la Guerra Civil, para que después se pueda rodar una película. Se dicen tantas cosas…

Esto que se dice, como todo en la vida de los seres humanos, es ciertamente relativo, matizable. Porque hay una parte de verdad en cada una de ellas y una parte de exageración: no sólo en el recuerdo de la gente podemos seguir viviendo; por más que conozcamos errores del pasado, los hombres seguimos empeñados en tropezar una y otra vez con las mismas piedras; nunca estará todo dicho sobre un tema, sobre una tragedia, que salpicó cientos de miles de vidas anónimas, vidas y tragedias que merecen ser contadas, para que se recuerden, para que no se repitan.

Este es el caso de El dueño de su historia, del escritor granadino Alejandro Pedregosa. No asistimos a las grandes batallas, a los grandes acontecimientos que conformaron el mapa de nuestra Guerra Civil, sino a una actuación de secundarios, gente de provincia que ven afectada su cotidianidad no sólo durante el conflicto, sino antes y después de este, y durante demasiados años. Es la historia de Lauro, hijo de una familia republicana que servía de excepción a un pueblo que moriría bajo las aguas de un pantano, un individuo que participa en la clandestinidad en la oposición al dictador, pero que es perseguido hasta su ancianidad por la alargada sombra de uno de tantos señoritos de pueblo que prosperaron durante la dictadura: don Juan Pisón.

Es la historia de Lauro, el desahogo de un hombre que sufre el avance de una enfermedad terrible, el Alzhéimer, que le va privando del tesoro de sus recuerdos. Es el relato de uno de tantos desarraigos de los que hubo en esa etapa oscura de nuestra historia colectiva.

La estructura circular del relato (empieza y acaba con Julio, el hijo del tabernero del pueblo donde vive Lauro), las acotaciones mientras escribe Lauro (que nos informan sobre el estado de su salud), la prosa elegante y esmerada, las acertadísimas descripciones… nos sirven de indicios sobre el arte del autor en el manejo de las herramientas del oficio.

Y la política. Uno de los puntos que más me ha llamado la atención y más me ha gustado de la novela es el sentido político con el que está escrito, la mirada a través de Lauro, una mirada lúcida, lejos de cualquier fanatismo, una mirada que no es opacada por ninguna venda de ningún color, de ningún partido. A través de las palabras de Lauro podemos nosotros mismos reflexionar sobre un tiempo que aún sigue siendo visto como mitológico, mágico, perfecto, los años de la transición, unos años que deberán ser juzgados, pues como dice Lauro: »

«¿Quién juzgará los atropellos de tantos años? ¿Cómo se recompensa el sufrimiento de las víctimas? ¿Cómo es posible que hoy día su padre y yo estemos en un mismo nivel legal de inocencia?» (página 168).

A pesar de la negativa de algunos a recordar el pasado, Alejandro Pedregosa nos insta a que sigamos manteniendo viva en nuestro recuerdo la memoria de un tiempo, las historias de mucha gente, de alguna parte de todas nuestras familias, porque:

«si esta historia no perdura en la memoria de alguien, tu padre y los que trabajaron con él por matar mis sueños habrán ganado definitivamente la partida» (página 176).

Todos somos (o deberíamos ser) los dueños de cada una de nuestras historias; todos deberíamos tener la ocasión a lo largo de nuestra vida de poder contarlas.

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