Desde el jardín (Jerzy Kosinski)

Portada - Desde el jardínHe dudado mucho sobre cómo empezar esta reseña. He escrito y borrado líneas sin parar durante un buen rato, porque no sabía qué aspecto, qué punto concreto quería tocar en primer lugar. Pensé en mencionar el caos que está viviendo el Partido Popular con el asunto del espionaje, relacionándolo con lo que tiene que padecer Chance en la novela; después quise empezar preguntando qué ocurriría si se descubriera que Barack Obama, el recién elegido presidente de Estados Unidos (como debe saber cualquier ser consciente de este planeta), es simplemente un jardinero que de forma inocente y fortuita se ha visto abocado por las circunstancias hasta ese lugar. Incluso llegué a formular una reflexión de página y media sobre el papel que desempeñan los medios de comunicación (en especial, la televisión) en nuestra sociedad. También deseché la idea. Porque todo esto y más es esta fabulosa novela de Jerzy Kosinski. Y digo fabulosa con toda la intención, porque es “extraordinaria” y porque tiene mucho de fábula, una fábula contemporánea, ácida, irónica, cruda.

Presenciamos el vertiginoso ascenso (la acción abarca sólo cuatro días) de Chance, el jardinero (evidentemente, el nombre no es casual). Chance, desde que tiene uso de razón, se ha ocupado del jardín de un señor que, cuando muere, lo deja completamente desvalido, sin papeles, sin identidad, sin un lugar donde refugiarse (la crítica a la burocracia administrativa, incapaz de resolver los problemas, está patente: qué razón tiene el bueno de Chance cuando responde, ante las estúpidas preguntas del abogado sobre su inexistencia legal: «Me tienen a mí. Aquí estoy yo. ¿Qué mejor prueba pueden querer?»).

Nunca ha salido de la casa, se ha “educado” con la televisión, no sabe leer ni escribir, no posee experiencia más allá de las series, programas y películas. Sin embargo, se ve obligado a salir a la calle, a enfrentarse a la realidad que sólo conoce de forma virtual. Lo esperado es que el pobre Chance sea devorado por la jungla cotidiana. Pero no es así.

Chance, que nunca miente, se limita a responder a las preguntas que le hacen hablando de lo que sabe, de su jardín. Este mensaje, unívoco en la mente del jardinero, se transforma en la de los demás:

“- Creo que lo ha expresado usted muy bien, señor Gardiner […] ¡Un jardinero! ¿No es acaso la descripción perfecta del verdadero hombre de negocios?” (p.39). “

-Debo reconocer, señor Gardiner – dijo el presidente –, que hace mucho, mucho tiempo que no escucho una observación tan alentadora y optimista como la que acaba de hacer” (p.49).

“Muchas gracias, señor Gardiner. Usted está inspirado por el espíritu que tanta falta hace en este país. Confiemos en que sea un anuncio del advenimiento de la primavera en nuestra economía” (p.59).

“El señor Gardiner tiene la rara cualidad de poder expresar los asuntos más complejos en sencillos términos humanos” (p.89).

La crítica a la sociedad occidental contemporánea sigue, la sociedad de lo superficial, sociedad básica que interpreta los mensajes como mejor le conviene, en la que puedes llegar a lo más alto si tienes un aspecto físico destacado (como le ocurre a Chance: son constantes a lo largo de la novela las alabanzas a su atractivo, que causa turbación tanto en mujeres como en hombres, como se muestra). ¿Hasta dónde es capaz de llegar?

En definitiva, una agradable sorpresa, una lectura lúcida y amarga de una sociedad opaca y decadente, expresada con la vieja fórmula de las fábulas actualizada a nuestro contexto. «Esta fábula se podría aclarar aún más, pero no provoquemos a los gansos», dice Kosinski que dice Krylov. ¡Qué más decir!

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