Ausencia (Raúl Rubio)

Las calles repiten la ausencia que habita conmigo en una noche cerrada y triste, azulnieve, silenciosa. La luna apenas se atreve a asomar su luz, pues sabe que cualquier referencia me recuerda a tus ojos, y se compadece, y me cobija con la sombra que proyecta su sombra sobre las esquinas. Hace frío. Hace frío como en mi cama cada mañana, cada madrugada que las sábanas añoran tu presencia, tu cuerpo frágil que me sabe a leche fresca, aunque no estés. Porque no estás, sé que no estás, me lo dicen las calles tristes, solitarias, ajenas, de una ciudad que sigue sin ofrecerme sus secretos, que golpea y golpea, forjando mi forzada soledad, porque te has ido. Las calles, esas calles que recorrimos en otro tiempo, en otra vida, cuando era el sol el que imponía su tirana presencia, en un agosto de mayo, cuando los cuerpos despiertan del cruel letargo y reclaman a gritos de sudor y olores, con poros a flor de contacto, el protagonismo que les niega el invierno, con sus bufandas y jerseys de lana, de algodón, jerseys verdes y bufandas rosavioletas, ocultando tu cuello indecente, perfecto, suave como la gélida piel de los mármoles. Tu cuello, inicio y fin de cientos de actos impuros, pecaminosos, ilícitos… cuello pasado, parte del pasado, estilete en tus conquistas, cuello que ya no me pertenece, porque te marchaste, que pertenecerá al aire, a la brisa húmeda de la noche a la orilla del mar, en otra latitud, en otro espacio, tan lejos.

Sigo caminando entre las ausencias, porque esta noche sólo caminan por las calles de esta estúpida ciudad gentes sin alma y solitarios, gentes abandonadas y asesinos, delincuentes, putas y cabrones, que como yo necesitan helarse, que como yo sienten el peso de una casa vacía sobre sus espaldas, sobre sus cabezas, sobre sus ojos. La casa vacía, desde que te marchaste, casa con paredes de hielo y techos de cristal, donde el frío se siente más frío, como si fuera una lanza de fuego que atraviesa los pulmones, los arranca y los saca al aire, para que se hielen, como si fuera una daga de arena que se inserta en cada uno de los rincones de mi sangre y cría escorpiones, que frenéticos se lanzan a devorarme. Así está la casa sin ti, así me aniquila a cada segundo que permanezco en ella solo. Largos pasillos que conducen al recuerdo, habitaciones fragmentadas que soportan el leve perfume de tu ausencia, tu olor, tu olor que me acompaña como un castigo, como un perro vagabundo, interesado y hostil.

A lo lejos, en esta misma calle que transito, un grupo de jóvenes aporrea un cajero, un vagabundo ahoga sus ideas en vino y algunos enamorados esconden su alegría en los zaguanes. Es la noche, es la calle, la ciudad, el frío… todo lleva su propio camino, todo sigue según los dictámenes de sus propias razones. Y yo me pierdo, me pierdo por callejones con mil salidas, llenos de mugre, de pintadas, de olor a otra cosa opuesta a ti, callejones que me reconocen como enemigo, y me evitan, se esconden y me vomitan a plazas, plazas desiertas como el salón de lo que fue nuestra casa, esa piedra transparente que me espera, que me roba el espíritu, que intenta amodorrarme cada mañana para acabar conmigo, porque al final lo conseguirá, ofreciéndome tu ropa olvidada salpicando los cajones, los armarios. No es tan largo el olvido, mi amor, es eterno, es infinito, es inaguantablemente inabarcable, es una auténtica mierda eso de tener que olvidarte, porque no puedo, ¡cómo voy a olvidarte si sigo caminando por estas calles que rebosan tristeza, si hasta la luna aparece al fondo de esta postal patética y se burla, se burla de mí y de que te hayas marchado!

Y me acerco, es inevitable que una noche más llegue al reino de tu pérdida, al vacío de tu risa, a la ausencia, a la maldita ausencia de tus trastos desordenados, a la austeridad de un dormitorio somnoliento, que se debate entre el suicidio y el hastío, de tanta acumulación de silencio que soporta. Es imposible, ¡cómo podría hacerlo de otra manera! No es época de reproches, ni de maldiciones ni venganzas. Ha llegado el momento de la despedida, porque ya estoy subiendo las escaleras que me llevan al abismo, porque no estás, porque no estarás, y porque todo ha cobrado tanto sentido, pero tanto tanto sentido, mi amor, que el desenlace previsto se ha convertido en vano, y un coro de sátiros deambula grotescamente por mi garganta. No queda más remedio, es inútil proyectar otra palabra, es innecesario seguir haciendo como que miras a otra parte. Aquí estoy, esta es mi presencia, aquí estaré siempre, mi amor, entre estos espacios en negro y blanco, en cada coma, en cada palabra que no te he dicho, no tendrás más remedio que recordarme, para mitigar tu ausencia, para acabar definitivamente con esta noche insoportable donde hasta la luna se burló de mis pecados; esta noche, esta noche que ya siento atrás, en otra vida, ajena, noche de la imposibilidad de tu olvido, de tu ausencia perenne entre las paredes de hielo y el techo de cristal, en la roca, mi amor, te marchaste de la roca y no has vuelto, porque ya he llegado y he constatado tu hueco, porque me empujas y me empujas con tus manos lejanas, esas manos que acariciarán y serán acariciadas por partículas de aire cargadas de mar y arena, que olerán a salitre, esas manos, sólo esas.

Acudo a la llamada de los enemigos que habitan las sombras, me aferro a las cortinas que decoraron nuestra convivencia (¿fue feliz?, no me atrevo a calificarla en tu nombre) y me asomo a la oscuridad de las farolas que no saben hacia dónde mirar, que evitan encontrarse con mi cuerpo. Lo haré, estoy seguro de que lo haré, porque es insoportable mirar a tantos huecos abandonados y a tanta tristeza acumulada por todas partes. Ha llegado el equinoccio de la muerte, mi amor, sólo espero que me comprendas.

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