Altazor. Temblor del cielo (Vicente Huidobro)

Portada "Altazor. Temblor del cielo" - Vicente HuidobroEn mi empeño por oponerme a la creencia de que corren “malos tiempos para la lírica” (¿cuándo fueron buenos?), he vuelto a desempolvar “Altazor”. Fue a raíz del concurso Saber y Ganar, donde el sempiterno Jordi Hurtado preguntó a un concursante cuál era el epitafio de Vicente Huidobro, su autor:

“Abrid esta tumba: Al fondo se ve el mar”.

La voz del creador del Creacionismo y su obra cumbre, publicada en 1931, recobran vigencia siempre que la poesía se ve abocada a un callejón sin salida.

Este chileno, más que visionario, cosmo-visionario, se eleva como antídoto infalible frente al acoso, atolondramiento y posterior derribo de inquietudes e ideas que caracterizan al panorama actual de nuestros días. Huyendo de la ramplonería y de las fórmulas preestablecidas, la obra da comienzo así:

“Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo”.

Lo que sigue es un viaje alucinante, alucinante en el más genuino sentido de la palabra, pues Huidobro, en su particular cruzada por encontrar la “poesía pura” junto a otros coetáneos como Juan Ramón Jiménez o el por entonces joven Borges; enciende su linterna mágica, nos coge fuerte de la mano… y nos conduce a través de una extensa galería repleta de imágenes inéditas.

“Lo veo todo, tengo mi cerebro forjado en lenguas de profeta (…) Mis miradas son un alambre en el horizonte para el descanso de las golondrinas”.

Alimento para poetas desnutridos, escaparate de metáforas impensables o cinexín lírico en verso libre: “Altazor” es un canto eterno a la libertad; una sucesión vertiginosa de estampas oníricas que encuentran su pretexto en una trama más o menos sencilla: La caída en paracaídas de un poeta.

El protagonista de la historia se nos muestra como un pequeño Dios de sí mismo, el cual crea la nueva realidad en su descenso desde el cenit hasta la tumba, donde finalmente desemboca desintegrado, víctima de la descomposición total del lenguaje.

A medio camino entre la prosa poética y la novela por entregas, pues tardó en escribirse doce años (aunque se lee en un periquete), “Altazor” no busca convencer a nadie, sino que ofrece la propuesta ya madura de un Peter Pan infinito, Vicente Huidobro, que siguiendo la estela de otros infantes terribles como Rimbaud, se rebela ante la imposición de valores caducos, lanza su lema “Non Serviam” y reinventa una realidad ajena a la debacle cultural infectada de políticas mediocres.

La figura de Huidobro, que puede pecar de soberbia, presuntuosa y megalómana, sirvió para aglutinar los movimientos de vanguardia ya agotados, depurar sus formas y finalmente ofrecer paso a Breton y los surrealistas. Fue así como se convirtió en fuente de inspiración para artistas como Dalí o Kandinsky. Sus técnicas narrativas se pueden observar en los autores que hicieron estallar el Boom Mágico de Hispanoamérica e incluso, aún hoy, sus versos siguen sonando prestados en la voz de algún que otro músico superventas.

Pero al margen de la repercusión mediática y dando por sentado que la poesía sólo sirve para sobrevivir, yo sigo combatiendo mis achaques de desencanto mundano desempolvando “Altazor”; continuando su lectura por una página al azar para, aunque tan sólo sea por cinco minutos, meterme en el pellejo de un buscador de perlas y disfrutar descubriendo o redescubriendo (me da igual) cosas así:

“Mi alegría es mirarte cuando escuchas”. “Que el verso sea como una llave que abre mil puertas”.

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