2666 (Roberto Bolaño)

Portada 2666

Hace tres años y dos meses, una calurosa mañana de julio, me decidí a coger de la estantería de la biblioteca del pueblo donde vivía una novela enorme (me refiero, en este momento, a su volumen físico) editada por Anagrama, de un escritor chileno del que no sabía nada y cuyo título en forma de cifra me hacía evocar el Apocalipsis.

Había leído un par de reseñas de 2666, había visto un par de recomendaciones en la revista que regalan en El Corte Inglés, recomendaciones de famosos del momento que se ven sometidos al típico interrogatorio de libro-película-cd, etcétera. Pero lo que acabó de convencerme para que la agarrara y la leyera fue la contraposición que hacía un tal Vila-Matas (que después supe mejor quién era) entre la obra de Bolaño y la Rayuela de Cortázar. Es decir, tomé el libro para saber quién era ese escritorzuelo que, según Vila-Matas, había dado un carpetazo definitivo a mi Biblia. Es decir, mi ánimo contra el libro no podía ser peor. Tres días después ya era un incondicional de Roberto Bolaño.

2666 supuso un orgasmo literario para mí. Con el tiempo, entendí que la alusión a Cortázar y Rayuela no era más que mero marketing, pues ni Bolaño pretendía oponerse a Cortázar ni 2666 tiene que situarse frente a Rayuela. Son dos grandes obras, dos impresionantes milagros.

Las 1.119 páginas que componen la novela de Bolaño son un auténtico alegato a favor de la literatura y de la vida, o de la vida y de la literatura, porque para él, como se encargó de demostrar a través de toda su obra, son las dos caras de una misma moneda: el escritor.

Dividida en cinco partes (la Parte de los críticos, la Parte de Amalfitano, la Parte de Fate, la Parte de los crímenes y la Parte de Archimboldi), la novela presenta un sumo protagonista común: la violencia. Queramos o no, seguimos muy cerca de ese animal que fuimos, que seguimos siendo, y que sólo con la provocación de un taxista paquistaní sale a la superficie de nuestro ser, aunque seamos dos reputados filólogos, dos intelectuales.

Cada una de las partes presenta una forma de narrar distinta, un tono diferente. Se pueden leer por separado (el crítico Ignacio Echevarría explica en una nota final que el propósito de Bolaño antes de morir era editarla así, para que su venta fuera más sencilla), pero juntas, con ese inquietante título en forma de cifra, forman un conjunto impresionante, espeluznante; porque además, si se lee como un todo, se pueden descubrir múltiples permeaciones que le dan sentido y unidad al conjunto.

Maestro a la hora de crear personajes, contumaz contador de historias, 2666 hace un repaso por la historia del siglo XX a través de un personaje, el escritor Hans Reiter, quien utiliza el pseudónimo de Benno von Archimboldi, y a través de una ciudad, Santa Teresa, trasunto de la mexicana ciudad fronteriza de Ciudad Juárez, famosa por los crímenes de mujeres que año tras año, desde principios de los noventa, se vienen cometiendo allí y que siguen, en su gran mayoría, sin resolverse.

Pero hay más, hay mucho más encerrado en cada uno de los párrafos de esta obra, párrafos que como peces-globo se hinchan para cargarse de significados, y que con sus afiladas púas señalan, no sólo al resto de la obra del chileno, sino al resto de la literatura que se ha escrito, esa literatura que tanto amaba y que tan bien conocía, sin necesidad de haber asistido a una prestigiosa universidad, porque su universidad fueron sus ojos, y sus aulas las páginas de las grandes obras (y de las que no lo eran también) que tanto placer le otorgaron.

Murió Bolaño, nació su leyenda. 2666 supuso su colofón póstumo, su último regalo a los hombres (me niego a catalogar El secreto del mal como algo más que un conjunto de borradores). Les invito a adentrarse en un universo peligroso, fascinante, conmovedor. Corren el peligro de no querer volver, pero el viaje merece la pena. Os lo aseguro. Inauguramos esta sección con las reseñas de Raúl Rubio Millares, prolífico escritor gaditano de cuentos y relatos, que con su peculiar visión nos acercará a las entrañas de muy diversas obras, todas ellas con el común denominador de haber desfilado bajo su atenta retina.

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